20/09/2026
No es una simple estadística ni un dato más sobre la crisis ambiental, aunque la cifra sea escalofriante: es el resultado del Informe Planeta Vivo 2022, elaborado por WWF y el Zoológico de Londres, que revela que las poblaciones de vertebrados monitoreadas en América Latina y el Caribe se redujeron en un 94% entre 1970 y 2018, la caída más vertiginosa del planeta, muy por encima del promedio global del 69%, y seguida de lejos por África (66%) y Asia-Pacífico (55%). La imagen que debería ser la de un continente rico en biodiversidad se convierte en la de un territorio en colapso: la Amazonía, el pulmón del mundo, ha perdido el 17% de su superficie por deforestación y otro 17% está degradado; los anfibios de los Andes están desapareciendo por la expansión agropecuaria y un hongo favorecido por el cambio climático; y los peces migratorios del Orinoco y el Amazonas están siendo diezmados por represas y contaminación por mercurio. No es la postal de un paraíso natural, sino la de una crisis sin precedentes: como dice Luis Germán Naranjo, director de Conservación y Gobernanza de WWF en Colombia, "la cifra es alarmante... si asumimos que la situación es parecida para los demás organismos no evaluados, realmente asusta".
La caída del 94% en América Latina no es un hecho aislado, sino el eslabón más crítico de una cadena de datos alarmantes sobre la pérdida de biodiversidad que hemos visto en otros escenarios: la disminución de insectos en Europa, el declive de los arrecifes de coral, o la extinción de especies en todo el mundo. Es el mismo patrón de un planeta que se vacía de vida, y donde las regiones más ricas en biodiversidad son también las más amenazadas. Las causas de esta crisis son múltiples y entrelazadas: la expansión de la frontera agropecuaria, que destruye hábitats para abrir paso a la ganadería y los monocultivos; el cambio climático, que altera los ciclos de lluvia y expande enfermedades como el hongo que afecta a los anfibios; la construcción de represas que modifican los cauces de los ríos y bloquean las migraciones de los peces; y la contaminación por mercurio, utilizada en la minería ilegal de oro. Como explica Naranjo, "la situación de los anfibios es realmente grave, en particular en los ecosistemas de montaña del norte de los Andes", y "las especies migratorias de peces de agua dulce se están viendo muy afectadas... por la modificación en los cauces de los ríos por represas y también por la contaminación, en particular la contaminación por mercurio".
El impacto ecológico de esta pérdida es devastador: los vertebrados son piezas clave de los ecosistemas, y su desaparición desencadena efectos en cascada que afectan a todas las formas de vida, incluida la humana. Pero el impacto moral y social es el que nos interpela con más fuerza. Saber que América Latina, la región más biodiversa del planeta, está perdiendo su riqueza natural a un ritmo sin precedentes, es un recordatorio de que la crisis ambiental no es una amenaza lejana, sino una realidad presente que afecta a las comunidades que dependen de los ecosistemas para su subsistencia. La perplejidad del gato ante el fuego se convierte aquí en la de los científicos que monitorean las poblaciones y ven cómo desaparecen, y en la nuestra al darnos cuenta de que la destrucción de la naturaleza es también la destrucción de nuestra propia casa. Como dice Naranjo, "este año, en Naciones Unidas reconocieron el derecho universal a un ambiente sano y a un ambiente limpio. Con la pandemia de covid-19 la humanidad aparentemente empezó a darse cuenta de su dependencia de un ambiente sano", y "eso es una esperanza".
Y sin embargo, en la gravedad de los datos, hay una esperanza realista y una hoja de ruta. La COP15, la Conferencia de las Partes de la Convención sobre Biodiversidad que se celebró en Montreal, es una oportunidad para fijar metas vinculantes y ambiciosas que detengan la pérdida de biodiversidad y empiecen a recuperarla. La esperanza realista está en que los gobiernos, las empresas y la sociedad civil asuman compromisos concretos: proteger el 30% del planeta para 2030, restaurar los ecosistemas degradados, y transformar los modelos de producción y consumo. La tecnología de la conservación, los corredores ecológicos y la agricultura sostenible son herramientas clave. Pero la solución definitiva no está solo en las políticas, sino en un cambio de mentalidad que reconozca que la biodiversidad no es un lujo, sino la base de nuestra supervivencia, y que su protección es una responsabilidad compartida.
Porque la pregunta que nos susurra esta caída del 94% en las poblaciones de vertebrados de América Latina, es tan profunda como el silencio de los ecosistemas que se apagan: si estamos perdiendo la biodiversidad de la región más rica del planeta a un ritmo alarmante, ¿por qué no somos capaces de actuar con la urgencia que la situación exige? ¿Acaso no hemos entendido que cada vez que una especie desaparece, nos está mostrando un espejo de nuestra propia fragilidad, y que la verdadera lección de estos datos no es solo la magnitud de la pérdida, sino la urgencia de reconocer que la naturaleza no es un recurso infinito, y que si seguimos destruyendo los ecosistemas, los ríos, los bosques y los suelos, no solo estaremos condenando a las especies que los habitan, sino también a nosotros mismos, porque dependemos de ellos para el agua, los alimentos, el aire y el clima, y porque, al final, el colapso de la biodiversidad es el colapso de la vida tal como la conocemos?