09/09/2026
Hace 13 años dormimos subidos a un árbol en esta selva. No estaba en el plan. Nos habíamos perdido después de ignorar un cartel que recomendaba no continuar sin guía. Llegó la lluvia, aparecieron nuevos caminos, perdimos las señales y, cuando entendimos que no conseguiríamos salir antes de que anocheciera, buscamos una rama lo suficientemente grande para pasar la noche. Con sanguijuelas, arañas, hormigas gigantes, ruidos que no sabíamos identificar y una oscuridad que no se parecía a ninguna otra que hubiéramos conocido. A la mañana siguiente encontramos el río y salimos.
Desde entonces, «¡Taman Negara!» se convirtió en una especie de código entre nosotros. Una forma de decir: cuidado. Nos estamos viniendo arriba. Quizá sea mejor pensarlo otra vez.
Han pasado 13 años. Y hemos vuelto. Pero esta vez no éramos aquellos dos que decidieron seguir cuando probablemente deberían haber dado media vuelta.
Éramos cuatro, con otras siete familias más. Entrar de nuevo en la misma selva con nuestros hijos ha sido extraño. Porque ellos caminaban entre árboles, raíces y barro sin saber que mucho antes de existir, su madre y su padre habían pasado allí una de las noches más largas de su vida. Los mirábamos avanzar y de alguna manera estaban caminando también por una historia que empezó antes que ellos.
Puede que una de las cosas más bonitas de viajar durante muchos años es esta. Poder volver. Volver a los lugares siendo otra persona. En otro momento. Con más años, otras prioridades, algunos miedos nuevos y unos cuantos antiguos ya colocados en su sitio. Volver a un lugar que forma parte de tu historia y presentárselo a quienes llegaron después.
Hace 13 años salimos de Taman Negara sabiendo que aquello no lo olvidaríamos nunca. Pero no imaginábamos que algún día volveríamos… Y mucho menos así. Los cuatro dentro de la selva. Y esta vez, por supuesto, con guía.