25/05/2026
Escribe él…
Hoy, esperando la salida de un vuelo sentado en algún asiento con reposabrazos metálicos que evitan que reposen cuerpos cansados, me fijé en la cara de una chica. Estaba con su pareja. No quiero juzgar. No lo haré. Solo supondré y describiré…
Llevaba un vestido/pantalón extraño. Como con un corsé de los de antes… hoy. Pestañas postizas, labios postizos, pechos postizos y escote exagerado (por encima incluso de las posibilidades del postizo anterior). Dicho esto y aunque pueda resultar poco creíble, lo que realmente me llamó la atención era su expresión: una cara que irradiaba tristeza.
Por lo que fuera, le daba la espalda a la mayoría de la gente de la fila. Como ocultándose.
Pensé en su madre. Pensé en su padre. Pensé en nosotros.
Pensé en lo pronto que aprendemos a disfrazarnos para sobrevivir.
En lo rápido que alguien puede empezar a sentir que, tal y como es, no basta.
Y entonces llegan los añadidos. Más pecho. Más labios. Más personaje. Más armadura. Como si el problema fuera el cuerpo y no la herida.
A veces criticamos a personas así con una facilidad asombrosa. Como si hubieran elegido desde un lugar tranquilo. Como si la inseguridad fuera vanidad. Como si todo eso no fuera, muchas veces, una negociación desesperada con el espejo, con el deseo de otros o con una tristeza antigua.
No sé nada de esa chica. Pero sí sé algo de este mundo: que llevamos años diciéndole a la gente que tiene que quererse mucho… mientras construimos sistemas enteros dedicados a recordarles que todavía no es suficiente.
Y pensé en nuestros hijos. En el día en que alguien les haga sentir que necesitan corregirse para merecer amor. En el momento exacto en el que descubran que el cuerpo también puede convertirse en un currículum emocional.
Ojalá lleguemos antes nosotros.
Antes que Instagram, que el algoritmo y que la comparación constante. Antes que esa tristeza silenciosa que se maquilla tan bien.
Porque hay personas que no se están transformando para llamar la atención.
Se están reconstruyendo como pueden para soportar la mirada del mundo.