17/08/2026
Hace años viajé a Tierra Santa y Palestina siguiendo lugares e historias que había aprendido desde niña.
Estuve en Belén. Vi el muro. Crucé checkpoints. Y aun estando ahí, no entendí realmente lo que significaba todo lo que tenía enfrente.
Llegué a pensar en aquel muro como algo parecido a la frontera entre México y Estados Unidos. Me fui creyendo que simplemente era “un conflicto”, complicado y lejano, mientras al mismo tiempo me hablaban de convivencia, seguridad y religiones que habían aprendido a compartir un mismo lugar.
Había contradicciones que no sabía interpretar. Y me quedé con esa versión.
Hoy vuelvo a estas fotos con los ojos mucho más abiertos.
He estado en Hiroshima y he visto de cerca las historias de su horror. He recorrido museos y exposiciones en Europa sobre la Segunda Guerra Mundial. Recuerdo particularmente una exposición en Londres de la que salí con lágrimas en los ojos.
¿Y qué te dejan todos esos lugares?
Una idea que pareciera que la humanidad lleva décadas intentando enseñarnos:
esto no puede volver a pasar.
Por eso me cuesta tanto aceptar que pude estar ahí, frente a un muro, cruzando controles y recorriendo Palestina, sin entender lo que todo aquello significaba para las personas que viven esa realidad todos los días.
Esto no es contra ninguna religión.
Para mí es una cuestión de humanidad y también de responsabilidad personal.
Quizá desde nuestro lugar no podamos cambiarlo todo. Pero sí podemos hacer pequeñas cosas: investigar mejor, cuestionar lo que nos cuentan, pensar dónde viajamos, qué compramos, qué financiamos, qué promovemos y qué terminamos normalizando.
Yo también soy responsable de hacerme esas preguntas.
Porque saber un poco más también debería cambiar la manera en la que actuamos.
Y si algo deberían habernos enseñado Hiroshima, las guerras y todos esos lugares que construimos para recordar lo que nunca debe repetirse, es esto:
ninguna religión, territorio, ideología o interés puede valer más que una vida humana.
Ninguna vida vale más. Ninguna vida vale menos.