17/11/2025
Con motivo del puentecito y de la conmemoración de los 115 años del inicio de la Revolución Mexicana, recordemos al Diego Rivera cubista:
En 1915, Rivera pintó la que muchos críticos consideran su obra maestra cubista: Paisaje Zapatista (El Guerrillero). Más tarde, la describiría como “probablemente la expresión más fiel del sentir mexicano que jamás haya logrado”. Los elementos de este bodegón al aire libre incluyen un sarape, un sombrero, un rifle, un cinturón de cartuchos, una caja de municiones de madera y las montañas de México. La imagen central parece flotar en el espacio, con planos que se superponen o se desvanecen de maneras sorprendentes. Lo que podría ser la sombra del arma está pintada de blanco. Los rojos son muy rojos, los azules, de un azul intenso y suntuoso: como en México. El sombrero, combinado con una forma que sugiere un ojo que todo lo ve, invita al espectador a buscar un rostro; tan esquivo como un zapatista. Los grupos de árboles están pintados densamente, con un verde viridiano salpicado o difuminado sobre negro: buena cobertura para francotiradores. En la esquina inferior derecha hay un trozo de papel en blanco desplegado, sujeto al lienzo con un clavo, pintado con una hábil técnica de trampantojo: es una especie de manifiesto de los millones de mexicanos que permanecieron analfabetos.
Tras “Paisaje zapatista”.
Rivera continuó trabajando como cubista y creó algunos lienzos magníficos, pero nunca llegó a superar del todo aquella visión del México lejano. En esa única pintura, consolidó su posición como uno de los cubistas más destacados, y no solo como un seguidor más de una moda artística. En consecuencia, se involucró aún más en los debates teóricos que tenían lugar en el París de la guerra, en todos aquellos intentos por crear una base matemática para el arte, por establecer reglase