28/05/2026
Alice Munro
Hay una imagen que Alice Munro repitió en entrevistas a lo largo de décadas, con la calma de quien ha hecho las paces con algo que duele.
Escribía con los niños en casa. Con la lavadora encendida. Con el ruido de fondo de una vida que no había elegido del todo, pero que tampoco había rechazado. Guardaba las páginas debajo del fregadero, entre los trapos de cocina, para que nadie las viera. No porque tuviera vergüenza. Sino porque el tiempo que podía dedicarle a la literatura era un tiempo robado, y ella lo sabía, y seguía robando.
Alice Laidlaw nació en 1931 en Wingham, Ontario —una pequeña ciudad agrícola en el suroeste de Canadá donde la vida transcurría despacio y los secretos se guardaban bien. Su padre criaba zorros plateados para el mercado de pieles. Su madre desarrolló una enfermedad degenerativa que fue transformándose, lentamente, en el centro gravitacional de la familia. Alice tenía once años cuando empezó a notar que algo en su madre cambiaba. Veinte cuando ya no podía ignorarlo. La enfermedad de su madre —que se identificaría décadas más tarde como Parkinson— aparecería, transformada, en muchos de sus cuentos: esa figura femenina que se desintegra mientras la vida familiar sigue su curso indiferente, que todos ven pero nadie nombra.
Llegó a la Universidad de Western Ontario con una beca parcial y dos años de carrera. Era lo que podía pagar. Después se casó con James Munro, un hombre de libros —abrirían juntos la librería Munro's Books en Victoria, British Columbia, que sigue abierta hasta hoy—, y vino lo que vinieron para muchas mujeres de esa generación: los hijos, la casa, la identidad encuadrada en los bordes del matrimonio. Tuvo cuatro hijas. Una murió pocas horas después de nacer.
Y escribió. Entre medio. Siempre entre medio.
Su primer libro de cuentos, Dance of the Happy Shades, se publicó en 1968. Tenía treinta y siete años. Ganó el Governor General's Award, el premio literario más importante de Canadá. La reseña en el Globe and Mail comenzaba reconociendo el talento pero añadía, con la naturalidad de la época, que era notable para una ama de casa. Munro lo leyó. No dijo nada al respecto, que se sepa. Siguió escribiendo.
Lo que Munro hizo con el cuento corto es difícil de explicar sin sonar a exageración, pero es lo que hay: lo expandió. Tomó una forma que se entendía como menor —rápida, de entretenimiento, un género por debajo de la novela— y demostró que podía cargar el peso de una vida entera. Sus cuentos no son fragmentos. Son vidas completas vistas desde un ángulo oblicuo, como cuando miras por la ventana de un tren y alcanzas a ver, en un segundo, una escena doméstica que no olvidarás en una semana.
El tiempo en Munro no funciona de manera lineal. Un cuento puede empezar en el presente, dar un salto de cuarenta años atrás, regresar, volver a saltar. No como truco técnico, sino porque eso es como funciona la memoria cuando algo duele: de manera desordenada, con regresos súbitos, con detalles que no tienen explicación y que sin embargo lo explican todo. Sus personajes son, en su mayoría, mujeres del interior de Ontario. Mujeres atrapadas en matrimonios que prometían una cosa y entregaron otra.
Mujeres que cometen traiciones pequeñas y grandes. Mujeres que sobreviven cosas que nadie documenta porque ocurren puertas adentro.
El escritor Jonathan Franzen la llamó, en un perfil para The New Yorker, "la Chéjov de nuestro tiempo". Otros resistieron la comparación no porque fuera incorrecta sino porque les parecía insuficiente. Chéjov era Chéjov. Munro era otra cosa: una voz que venía de un lugar que la literatura anglosajona no había mirado bien, hablando de personas que esa misma literatura solía usar de fondo, nunca de centro.
En 2009 ganó el Man Booker International Prize. En 2013 ganó el Premio Nobel de Literatura. Fue la primera escritora canadiense en recibirlo y la decimotercera mujer en la historia del premio. El comité sueco la describió como "maestra del cuento corto contemporáneo". Munro tenía ochenta y dos años. Recibió la noticia por teléfono en casa de su hija en Victoria. Después de colgar, según recogieron varios medios, fue a hacerse la permanente al peluquero. La cita llevaba semanas programada.
Hay una entrevista de 1994 en la Paris Review donde Munro describe cómo era escribir cuando sus hijos eran pequeños. Habla de la culpa. De la sensación de estar haciendo algo robado, ilegítimo, casi indecente. De terminar una página y esconder los papeles antes de que alguno de los niños entrara a la cocina. Dice que durante años no se atrevía a llamarse escritora en voz alta frente a otras personas. Lo dice sin amargura. Lo dice como quien describe el clima de una época que ya pasó.
En julio de 2024, pocas semanas después de la muerte de Munro, su hija Andrea Robin Skinner —la menor de sus hijas— publicó una declaración en el Toronto Star relatando que su padrastro, Gerald Fremlin, segundo esposo de Munro, la había abusado sexualmente cuando tenía nueve años. Skinner afirmó que en sus veinte años le contó todo a su madre, quien tras alejarse brevemente de Fremlin decidió regresar con él y permanecer a su lado hasta la muerte de este en 2013, diciéndole a su hija que "lo amaba demasiado" para separarse. Fue un golpe que sacudió la recepción de su obra con una intensidad que todavía resuena.
Nadie tiene respuestas simples. Varios críticos y lectores releyeron sus cuentos a la luz de esa revelación, buscando en ellos lo que quizás siempre estuvo ahí: las fracturas que se guardan, los silencios que protegen lo incorrecto, las decisiones que ninguna narrativa heroica puede sostener.
Alice Munro murió el 13 de mayo de 2024, a los noventa y dos años.
Dejó quince libros de cuentos y una sola novela —Lives of Girls and Women, de 1971, que ella misma describió como "un ciclo de cuentos relacionados" más que una novela convencional—. Dejó también la pregunta que sus mejores cuentos siempre hacen, sin decirla de frente: ¿cuánto de lo que una persona calla define lo que es?
No es una pregunta cómoda. Nunca lo fue.
Pero es la pregunta correcta.
LETRAMUNDI