Sumalfaro

Sumalfaro espacio cultural para talleres, cine debate, encuentros musicales, clases de chi kung, memoria, etc. Se alquila para actividades afines.

Espacio creativo donde funcionan ahora talleres de teatro leído, activación de la memoria y organización de salidas temáticas por Buenos Aires y alrededores con guía especializada. A una cuadra de la Estación Acassuso, del ramal Mitre del tren que va a Tigre.

En Finlandia, escucharon a Tesla! Electricidad para todos!
29/05/2026

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28/05/2026

Carver

Alice Munro
28/05/2026

Alice Munro

Hay una imagen que Alice Munro repitió en entrevistas a lo largo de décadas, con la calma de quien ha hecho las paces con algo que duele.

Escribía con los niños en casa. Con la lavadora encendida. Con el ruido de fondo de una vida que no había elegido del todo, pero que tampoco había rechazado. Guardaba las páginas debajo del fregadero, entre los trapos de cocina, para que nadie las viera. No porque tuviera vergüenza. Sino porque el tiempo que podía dedicarle a la literatura era un tiempo robado, y ella lo sabía, y seguía robando.

Alice Laidlaw nació en 1931 en Wingham, Ontario —una pequeña ciudad agrícola en el suroeste de Canadá donde la vida transcurría despacio y los secretos se guardaban bien. Su padre criaba zorros plateados para el mercado de pieles. Su madre desarrolló una enfermedad degenerativa que fue transformándose, lentamente, en el centro gravitacional de la familia. Alice tenía once años cuando empezó a notar que algo en su madre cambiaba. Veinte cuando ya no podía ignorarlo. La enfermedad de su madre —que se identificaría décadas más tarde como Parkinson— aparecería, transformada, en muchos de sus cuentos: esa figura femenina que se desintegra mientras la vida familiar sigue su curso indiferente, que todos ven pero nadie nombra.

Llegó a la Universidad de Western Ontario con una beca parcial y dos años de carrera. Era lo que podía pagar. Después se casó con James Munro, un hombre de libros —abrirían juntos la librería Munro's Books en Victoria, British Columbia, que sigue abierta hasta hoy—, y vino lo que vinieron para muchas mujeres de esa generación: los hijos, la casa, la identidad encuadrada en los bordes del matrimonio. Tuvo cuatro hijas. Una murió pocas horas después de nacer.

Y escribió. Entre medio. Siempre entre medio.

Su primer libro de cuentos, Dance of the Happy Shades, se publicó en 1968. Tenía treinta y siete años. Ganó el Governor General's Award, el premio literario más importante de Canadá. La reseña en el Globe and Mail comenzaba reconociendo el talento pero añadía, con la naturalidad de la época, que era notable para una ama de casa. Munro lo leyó. No dijo nada al respecto, que se sepa. Siguió escribiendo.

Lo que Munro hizo con el cuento corto es difícil de explicar sin sonar a exageración, pero es lo que hay: lo expandió. Tomó una forma que se entendía como menor —rápida, de entretenimiento, un género por debajo de la novela— y demostró que podía cargar el peso de una vida entera. Sus cuentos no son fragmentos. Son vidas completas vistas desde un ángulo oblicuo, como cuando miras por la ventana de un tren y alcanzas a ver, en un segundo, una escena doméstica que no olvidarás en una semana.

El tiempo en Munro no funciona de manera lineal. Un cuento puede empezar en el presente, dar un salto de cuarenta años atrás, regresar, volver a saltar. No como truco técnico, sino porque eso es como funciona la memoria cuando algo duele: de manera desordenada, con regresos súbitos, con detalles que no tienen explicación y que sin embargo lo explican todo. Sus personajes son, en su mayoría, mujeres del interior de Ontario. Mujeres atrapadas en matrimonios que prometían una cosa y entregaron otra.

Mujeres que cometen traiciones pequeñas y grandes. Mujeres que sobreviven cosas que nadie documenta porque ocurren puertas adentro.

El escritor Jonathan Franzen la llamó, en un perfil para The New Yorker, "la Chéjov de nuestro tiempo". Otros resistieron la comparación no porque fuera incorrecta sino porque les parecía insuficiente. Chéjov era Chéjov. Munro era otra cosa: una voz que venía de un lugar que la literatura anglosajona no había mirado bien, hablando de personas que esa misma literatura solía usar de fondo, nunca de centro.

En 2009 ganó el Man Booker International Prize. En 2013 ganó el Premio Nobel de Literatura. Fue la primera escritora canadiense en recibirlo y la decimotercera mujer en la historia del premio. El comité sueco la describió como "maestra del cuento corto contemporáneo". Munro tenía ochenta y dos años. Recibió la noticia por teléfono en casa de su hija en Victoria. Después de colgar, según recogieron varios medios, fue a hacerse la permanente al peluquero. La cita llevaba semanas programada.

Hay una entrevista de 1994 en la Paris Review donde Munro describe cómo era escribir cuando sus hijos eran pequeños. Habla de la culpa. De la sensación de estar haciendo algo robado, ilegítimo, casi indecente. De terminar una página y esconder los papeles antes de que alguno de los niños entrara a la cocina. Dice que durante años no se atrevía a llamarse escritora en voz alta frente a otras personas. Lo dice sin amargura. Lo dice como quien describe el clima de una época que ya pasó.

En julio de 2024, pocas semanas después de la muerte de Munro, su hija Andrea Robin Skinner —la menor de sus hijas— publicó una declaración en el Toronto Star relatando que su padrastro, Gerald Fremlin, segundo esposo de Munro, la había abusado sexualmente cuando tenía nueve años. Skinner afirmó que en sus veinte años le contó todo a su madre, quien tras alejarse brevemente de Fremlin decidió regresar con él y permanecer a su lado hasta la muerte de este en 2013, diciéndole a su hija que "lo amaba demasiado" para separarse. Fue un golpe que sacudió la recepción de su obra con una intensidad que todavía resuena.

Nadie tiene respuestas simples. Varios críticos y lectores releyeron sus cuentos a la luz de esa revelación, buscando en ellos lo que quizás siempre estuvo ahí: las fracturas que se guardan, los silencios que protegen lo incorrecto, las decisiones que ninguna narrativa heroica puede sostener.

Alice Munro murió el 13 de mayo de 2024, a los noventa y dos años.

Dejó quince libros de cuentos y una sola novela —Lives of Girls and Women, de 1971, que ella misma describió como "un ciclo de cuentos relacionados" más que una novela convencional—. Dejó también la pregunta que sus mejores cuentos siempre hacen, sin decirla de frente: ¿cuánto de lo que una persona calla define lo que es?

No es una pregunta cómoda. Nunca lo fue.

Pero es la pregunta correcta.

LETRAMUNDI

Mago! Bien llamado “ilusionista”
28/05/2026

Mago! Bien llamado “ilusionista”

Creativo
28/05/2026

Creativo

Kyle MacDonald empezó con algo que cualquiera habría tirado a un cajón: un clip rojo.

En julio de 2005, tenía 26 años, vivía en Canadá y decidió intentar una idea que parecía absurda. Inspirado por un juego llamado “más grande y mejor”, publicó en internet que quería intercambiar un simple clip rojo por algo de mayor valor. Luego cambiaría ese objeto por otro mejor, y así sucesivamente, hasta alcanzar una meta que sonaba imposible: conseguir una casa.

No tenía dinero para comprarla.

Tenía un clip.

Y una idea lo bastante extraña como para que la gente quisiera seguirla.

El primer intercambio llegó pronto. Dos mujeres aceptaron cambiarle el clip rojo por un bolígrafo con forma de pez. Para muchos, aquello habría sido una anécdota graciosa y nada más. Pero Kyle entendió que el verdadero valor no estaba solo en los objetos, sino en la historia que se iba construyendo alrededor de cada trato.

El bolígrafo se convirtió en una perilla de cerámica. La perilla, en una estufa de camping. La estufa, en un generador. El generador, en un barril de cerveza con un letrero luminoso. Luego llegaron una moto de nieve, un viaje, una furgoneta, un contrato de grabación, un año de alquiler en Phoenix y una tarde con Alice Cooper.

Cada intercambio parecía más improbable que el anterior.

Pero internet ya estaba mirando.

Lo que había empezado como una ocurrencia personal se convirtió en una de las primeras historias virales de la red. Medios de distintos países comenzaron a entrevistarlo. Personas que jamás lo habían conocido querían participar en aquella cadena de trueques porque entendían que el objeto no era lo único que cambiaba de manos. También cambiaba la atención, la curiosidad y la posibilidad de formar parte de algo memorable.

Entonces llegó uno de los intercambios más extraños: una tarde con Alice Cooper por una bola de nieve de la banda KISS. A simple vista parecía un retroceso. Pero Kyle sabía que los objetos no valen solo por lo que cuestan, sino por quién los desea.

Y alguien la deseaba.

El actor y director Corbin Bernsen, coleccionista de objetos de KISS, ofreció un papel en su película a cambio de aquella bola de nieve. Kyle aceptó. Ya no tenía un clip, ni un bolígrafo, ni una moto de nieve. Tenía un papel cinematográfico.

El último intercambio llegó desde Kipling, un pequeño pueblo de Saskatchewan.

Las autoridades locales vieron una oportunidad de atraer atención, visitantes y memoria para su comunidad. Ofrecieron una casa renovada en Main Street a cambio del papel en la película. Así, un año exacto después de haber empezado, Kyle MacDonald logró lo que parecía imposible: cambiar un clip rojo por una casa.

La historia fascinó porque parecía un cuento moderno sobre suerte.

Pero en realidad habla de algo más profundo.

Kyle no convirtió el clip en una casa por magia. Lo hizo entendiendo el poder de la narración, la confianza, la atención pública y la creatividad. Cada objeto era una excusa para que más personas entraran en la historia. Cada intercambio añadía una capa. Cada paso volvía la meta menos absurda y más posible.

El clip rojo no valía casi nada.

Pero la historia que empezó con él terminó valiendo una casa.

Hoy, aquella cadena de trueques sigue siendo recordada como una de las grandes leyendas tempranas de internet. No por el tamaño de la casa ni por el precio de los objetos, sino porque demostró que una idea sencilla, contada con claridad y sostenida con paciencia, puede abrir puertas que el dinero no siempre abre.

Kyle MacDonald no empezó con riqueza.

Empezó con imaginación.

Y en un mundo donde muchos esperan tenerlo todo para comenzar, su historia recuerda algo poderoso: en ocasiones, basta un objeto pequeño, una promesa bien contada y la terquedad de seguir intercambiando hasta que lo imposible empieza a parecer lógico.

Un hombre digno
28/05/2026

Un hombre digno

« Un almirante nacido en Alemania pasó casi seis años en campos de prisioneros alemanes sin dirigir una sola palabra en alemán a sus captores, ni siquiera a su propio primo. »

El almirante Józef Unrug nació en Brandeburgo, en Prusia, dentro de una familia de origen alemán y raíces polacas. El alemán era una de sus lenguas naturales. Sirvió en la Marina Imperial alemana durante la Primera Guerra Mundial y llegó a mandar una flotilla de submarinos.

Luego, en 1919, todo cambió.

Cuando Polonia recuperó su independencia tras más de 120 años de particiones, Józef tomó una decisión que definiría el resto de su vida. Dejó la marina alemana y se puso al servicio de Polonia: un país que apenas empezaba a reconstruirse, sin una marina moderna, sin grandes barcos y con una salida al mar todavía frágil.

No se limitó a alistarse en las fuerzas polacas.

Usó su propio dinero para comprar un buque y lo entregó para que se convirtiera en una de las primeras unidades de la nueva marina polaca. En 1925 fue nombrado comandante de la flota y ayudó a levantar la Marina polaca casi desde cero, aunque hablaba polaco con un marcado acento alemán.

Cuando la Alemania n**i invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939, el almirante Józef Unrug estaba al mando de la defensa costera en la península de Hel. En enorme inferioridad, sus fuerzas resistieron durante semanas mientras el resto del país caía.

Finalmente, el 2 de octubre de 1939, se rindió con honor y fue hecho prisionero de guerra.

Ahí comenzó su forma más silenciosa de resistencia.

Los alemanes lo trasladaron entre varios campos de prisioneros, incluidos Woldenberg, Colditz y Murnau. Antiguos compañeros de la marina alemana lo visitaban y le ofrecían privilegios, cargos importantes e incluso un regreso a la Kriegsmarine.

Rechazó todas las ofertas.

Entonces llegó su primo.

El general Walter von Unruh lo saludó cordialmente en alemán, esperando una conversación fácil entre familiares que compartían la misma lengua.

Pero Józef respondió en francés.

Desconcertado, su primo le preguntó por qué.

Józef Unrug contestó con calma: « El 1 de septiembre de 1939 olvidé cómo se habla alemán. Soy polaco y oficial polaco. »

Los alemanes quedaron atónitos. Entendía cada palabra que decían. Su familia tenía vínculos profundos con Prusia. Había servido en la marina alemana. Y aun así, durante años de cautiverio, interrogatorios e intentos de reclutamiento, se negó a hablar alemán.

Cuando los guardias se dirigían a él, exigía intérpretes. Cuando los oficiales insistían en que evidentemente comprendía su idioma, respondía solo en polaco o en francés.

La lengua se convirtió en su arma.

Siempre formal. Siempre disciplinado. Absolutamente inflexible.

Sus compañeros de prisión admiraban su firmeza. Los alemanes, en cambio, se frustraban cada vez más, porque él rechazaba cualquier vínculo con un pasado o una lealtad común.

En 1945, las tropas estadounidenses liberaron el campo de Murnau. Pero Polonia quedó bajo control comunista, y Józef Unrug eligió el exilio antes que el compromiso.

Vivió en Gran Bretaña, en Marruecos y luego en Francia, aceptando trabajos ordinarios antes que someterse a un régimen que no representaba la Polonia por la que había servido.

Su último deseo era sencillo: ser enterrado en una Polonia libre, junto a sus marinos.

Ese deseo se cumplió en 2018, cuarenta y cinco años después de su muerte.

El almirante Józef Unrug volvió por fin al país al que nunca dejó de servir.

Y en casi seis años de silencio, dijo más de lo que muchas palabras habrían podido decir.

Fuente: Polish History ("Józef Unrug: honour above all", sin fecha disponible)

Que sigan las barcazas
28/05/2026

Que sigan las barcazas

Levanta la solapa con una fina varilla y une los órganos reproductores
27/05/2026

Levanta la solapa con una fina varilla y une los órganos reproductores

Es un genio, este chico de 12 años descubrió la forma de cultivar la vainilla, y fue hace muchísimos años. No conocías quizás esta historia, pero gracias a él, la vainilla está por todo el mundo.

En el siglo XIX, la vainilla era uno de los lujos más costosos del planeta débito a que solo se producía frutos en México, el único lugar donde habitaba la abeja nativa capaz de polinizar su flor.

En el resto del mundo, la planta crecía pero jamás daba vainas, frustrando a los mejores botánicos de Europa por no tener tan apreciada sustancia.

Todo cambió en 1841 en la isla de Reunión (océano Índico). Un pequeño huérfano llamado Edmond Albius de 12 años que vivía en condiciones de trabajo forzado, descubrió observando la planta un método manual sumamente simple y sencillo para cultivarla, lo que hizo fue usar una fina astilla de bambú y sus propios dedos, para lograr levantar la solapa interna de la flor y unir sus órganos reproductores.

Su está sencilla técnica de polinización artificial, revoluciono la agricultura para siempre.

Gracias a este hallazgo, el cultivo se expandió masivamente a regiones como Madagascar, que hoy genera la mayor parte de la vainilla que consume el planeta en helados, chocolates y perfumes

Pero a pesar de haber transformado una industria multimillonaria, Edmond jamás recibió compensación económica, es más fue encarcelado injustamente por un robo menor años después y falleció sumido en la pobreza en 1880..

¿Conocías la historia del genio olvidado detrás del sabor más popular del mundo? Te leo en los comentarios.

Fuentes consultadas: Archivos históricos de la Prefectura de Reunión, registros biográficos de la Sociedad Botánica de Francia y anales de la industria agrícola colonial francesa.

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ALFARO 417 (Acassuso) Portón Blanco
Acassuso
B1641

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