20/09/2026
No soy mística.
Ni espiritual.
No tengo un gurú.
No medito.
No hago yoga.
No soy vegetariana.
No sé los nombres de todos los dioses ni la traducción exacta de los mantras que me gustan.
Soy una mujer común que se deja atravesar.
Por todo.
Una que siente todo.
Una que llora en las calles de Varanasi y se ríe con los niños que le piden fotos.
No colecciono señales.
No vi luces moviéndose en el cielo.
Lo mío es más simple y más brutal.
India no me subió a ningún lado.
Me bajó a tierra y me dejó temblando frente a mi propia verdad.
Me dejó con las rodillas raspadas de realidad.
No me iluminé.
Me incendié.
Ardió lo que ya no era mío.
No encontré respuestas, descubrí la boca del silencio abierta adentro.
India no me dijo que trascienda.
Me dijo que me quede.
Con el polvo en la boca.
Con el olor a humo que no pide permiso.
Con la risa de una nena que no sabe mi nombre y me lo inventa.
Con la incomodidad hasta que deje de serlo.
Y en ese quedarme entendí más que en cien libros.
Camino.
Miro.
Me dejo tocar por lo que pasa.
No busco lo sagrado, espero a que la vida se descuide y me lo muestre.
India no me dio respuestas.
Me enseñó a dejar de perseguirlas.
Tengo un corazón que late.
Ese es mi altar.
Mi única ofrenda es no mentirme.
Mi única plegaria, que no me gane el miedo.
A veces pierdo y vuelvo a empezar.
Si me preguntan qué me pasó allá, diría que la vida me agarró de los hombros y me dijo: Mirá.
Y yo miré.
No fue un rayo.
Fue un ajuste fino, casi invisible pero definitivo.
No lloro fácil, pero cuando lo hago me vuelvo más devota que en cualquier templo.
No leo libros sagrados, miro el cielo.
No sé dar consejos, apenas puedo contar lo que me salvó.
No me interesa parecer profunda.
Prefiero ser honesta.
Tengo días en los que no creo en nada y días en los que todo me parece un milagro.
No necesito silencio para sentir a Dios porque lo escucho también en el caos.
No necesito un templo.
Me alcanza con mi corazón.
Soy una mujer que siente.
Demasiado.
Que a veces se miente, pero cuando logra decir la verdad siente que está rezando.
No soy mística.
Ni espiritual.
Y si alguna vez lo parezco es porque la vida, en sus formas más bellas y brutales, a veces me reza a mí.