Alma Shiva. Viajes a India Grupales y Personalizados

Alma Shiva. Viajes a India Grupales y Personalizados 🚪EL VIAJE DE LAS 8 PUERTAS. INDIA NO ES UN DESTINO.
🪞ES ESPEJO.
🕉️ES RITO.
✨ES REVELACIÓN.

🚪¿TE ANIMAS A CRUZAR LA PRIMERA? El Viaje es TUYO.

Nos acompañan durante todo el recorrido dos guías locales. ¿Qué mejor que sea un nativo quien nos muestre la verdadera India? Nos movemos con autobús privado para recorrer India a nuestro ritmo, disfrutando del paisaje, kilómetro a kilómetro. Lo más importante para nosotros es que sientas que India te está llamando. Nosotros simplemente te damos la llave para que abras la Puerta de la Gran Madre India. Ella, seguro, que te está esperando.

No soy mística.Ni espiritual.No tengo un gurú.No medito.No hago yoga.No soy vegetariana.No sé los nombres de todos los d...
20/09/2026

No soy mística.
Ni espiritual.
No tengo un gurú.
No medito.
No hago yoga.
No soy vegetariana.
No sé los nombres de todos los dioses ni la traducción exacta de los mantras que me gustan.
Soy una mujer común que se deja atravesar.
Por todo.
Una que siente todo.
Una que llora en las calles de Varanasi y se ríe con los niños que le piden fotos.
No colecciono señales.
No vi luces moviéndose en el cielo.
Lo mío es más simple y más brutal.
India no me subió a ningún lado.
Me bajó a tierra y me dejó temblando frente a mi propia verdad.
Me dejó con las rodillas raspadas de realidad.
No me iluminé.
Me incendié.
Ardió lo que ya no era mío.
No encontré respuestas, descubrí la boca del silencio abierta adentro.
India no me dijo que trascienda.
Me dijo que me quede.
Con el polvo en la boca.
Con el olor a humo que no pide permiso.
Con la risa de una nena que no sabe mi nombre y me lo inventa.
Con la incomodidad hasta que deje de serlo.
Y en ese quedarme entendí más que en cien libros.
Camino.
Miro.
Me dejo tocar por lo que pasa.
No busco lo sagrado, espero a que la vida se descuide y me lo muestre.
India no me dio respuestas.
Me enseñó a dejar de perseguirlas.
Tengo un corazón que late.
Ese es mi altar.
Mi única ofrenda es no mentirme.
Mi única plegaria, que no me gane el miedo.
A veces pierdo y vuelvo a empezar.
Si me preguntan qué me pasó allá, diría que la vida me agarró de los hombros y me dijo: Mirá.
Y yo miré.
No fue un rayo.
Fue un ajuste fino, casi invisible pero definitivo.
No lloro fácil, pero cuando lo hago me vuelvo más devota que en cualquier templo.
No leo libros sagrados, miro el cielo.
No sé dar consejos, apenas puedo contar lo que me salvó.
No me interesa parecer profunda.
Prefiero ser honesta.
Tengo días en los que no creo en nada y días en los que todo me parece un milagro.
No necesito silencio para sentir a Dios porque lo escucho también en el caos.
No necesito un templo.
Me alcanza con mi corazón.
Soy una mujer que siente.
Demasiado.
Que a veces se miente, pero cuando logra decir la verdad siente que está rezando.
No soy mística.
Ni espiritual.
Y si alguna vez lo parezco es porque la vida, en sus formas más bellas y brutales, a veces me reza a mí.

Para todas las que alguna vez nos hicimos pequeñas para que un hombre pudiera sentirse grande.🕉️🕉️🕉️🕉️🕉️🕉️🕉️🕉️🕉️🕉️🕉️🕉️🕉️...
19/09/2026

Para todas las que alguna vez nos hicimos pequeñas para que un hombre pudiera sentirse grande.

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Hoy, en India, celebran Radhashtami, el nacimiento de Radha, la amada eterna, la amante, la consorte divina de Krishna.
Radha y Krishna no representan solamente el amor entre una mujer y un dios.
Representan ese instante en el que amar deja de ser un sentimiento y se convierte en una forma de entrega.
Radha amó a Krishna sin medida.
Sin defensa.
Sin reservarse una parte para sobrevivir a su ausencia.
Lo amó con esa clase de amor que no pide pruebas porque ha reconocido lo divino delante de sí.
Durante mucho tiempo creí que yo también amaba así.
Más de una vez me quedé de rodillas esperando a hombres que no valían la pena ni la espera.
Levanté templos alrededor de hombres de barro que apenas sabían permanecer de pie.
Confundí sus migajas con ofrendas.
Sus regresos con milagros.
Su incapacidad para amarme con alguna prueba secreta que yo debía superar.
Convertí la incertidumbre en fe.
El abandono en destino.
Y mi propia destrucción en una forma elevada de amar.
Necesitaba creer que tanto dolor escondía algo sagrado.
Que si permanecía un poco más, si comprendía un poco más, si perdonaba una vez más, el hombre al que había vestido de dios terminaría comportándose como uno.
Pero un hombre no se vuelve Krishna porque una mujer decida convertirse en Radha.
Y arrodillarse no siempre es devoción.
A veces es apenas la postura que adopta una mujer cuando ha olvidado que también puede levantarse.
Me llevó demasiados años comprender que la entrega de Radha no la empequeñecía.
No la humillaba.
No le exigía traicionarse para merecer amor.
Radha no se abandonó a sí misma para amar a Krishna.
Yo sí me abandoné muchas veces.
Por eso hoy no celebro solamente el nacimiento de la mujer que amó a un dios.
Celebro a la mujer que finalmente aprendió a distinguir un altar de una herida.
La que dejó de llamar amor a la espera.
La que comprendió que no todo hombre que nos pone de rodillas merece nuestras plegarias.
Y que no todo aquello que adoramos es sagrado.
A veces, detrás del dios que inventamos, había solamente un pobre tipo.
Y detrás de la mujer que esperaba, había una diosa que todavía no recordaba cómo ponerse de pie.
Escribo todo esto por las mujeres que alguna vez confundimos amor con sacrificio. Por las que pusimos nuestra dignidad a los pies de un hombre y llamamos entrega a nuestra propia desaparición.
Que nunca más ningún amor nos pida volvernos pequeñas para poder quedarse.
Porque Radha no fue la mujer que existió detrás de Krishna. Fue la fuerza sin la cual Krishna jamás habría estado completo.
Quizás recordar a Radha sea también recordar esto: una mujer no pierde su lugar cuando ama.
El amor verdadero no la borra.
La revela.
Cuenta la leyenda que Radha nació con los ojos cerrados y que los abrió por primera vez cuando Krishna apareció frente a ella.
Ojalá su historia nos enseñe que el amor puede abrirnos los ojos, pero nunca debería pedirnos que volvamos a cerrarlos ante un hombre.

18/09/2026

Las dos veces que entré entera al Ganges estaba vestida de verde.
No era el mismo vestido.
Yo tampoco era exactamente la misma.
El Ganges también estaba verde.
Esmeralda, espeso, inmenso. Y en estas imágenes hay algo que todavía me conmueve: por momentos cuesta saber dónde termina mi vestido y dónde empieza el río.
Las dos veces me sumergí cinco veces.
No sé si lo hice como manda la tradición. Quizás no.
Tal vez incliné mal el cuerpo, tal vez no hundí la cabeza lo suficiente.
No importa.
Hay momentos en que el cuerpo sabe cosas que el protocolo desconoce.
Yo no había llegado hasta ahí para hacerlo bien.
Había llegado para meterme entera.
Para cerrar los ojos debajo de ese río.
Para desaparecer unos segundos en algo que existía mucho antes que yo y que seguirá existiendo cuando yo ya no esté.
Cinco veces hundí el cuerpo.
Cinco veces el mundo quedó arriba.
Cinco veces volví a salir.
Al Ganges llegan desde hace siglos los mu***os y los vivos.
Las cenizas y los cuerpos.
Las flores.
Las plegarias.
Lo que se agradece.
Lo que se pide.
Lo que ya no puede cargarse.
Yo llevé mi cuerpo.
Nada más.
O todo.
No sé qué parte de mí bajó con el agua.
No sé qué parte regresó.
Solo recuerdo mi cabeza desapareciendo y después volviendo a emerger.
Como si el río me tragara sin querer retenerme.
Como si me ensayara mu**ta y después me devolviera.
Las dos veces de verde.
Dos vestidos distintos.
Y el río borrando, por un instante, la frontera entre mi cuerpo y el suyo.
Durante mucho tiempo pensé que era una casualidad.
Ahora prefiero no explicarlo.
Hay coincidencias que se arruinan cuando una intenta entenderlas.
Quizás nunca fui al Ganges para que me limpiara.
Ni para que me bendijera.
Ni siquiera para que me transformara.
Quizás fui para experimentar algo mucho más difícil de nombrar: dejar de estar separada.
Del agua.
De India.
De mí.
Porque hubo un momento, debajo de ese verde, en que no fui una mujer entrando a un río.
Fui apenas una parte del río pasando por una mujer.
Las dos veces entré vestida de verde.
Todavía no sé si fui yo quien eligió el color.
O si el Ganges, de alguna manera imposible de demostrar, ya había elegido cómo quería recibirme.

Ojalá India te arruine un poco.Sí.Ojalá después de veintiuna noches haya cosas que ya no puedas volver a hacer de la mis...
17/09/2026

Ojalá India te arruine un poco.
Sí.
Ojalá después de veintiuna noches haya cosas que ya no puedas volver a hacer de la misma manera.
Ojalá te arruine la tolerancia a las conversaciones vacías.
La necesidad de que todo tenga una explicación.
Las ganas de quedar bien.
La costumbre de pedir permiso.
Porque quizás necesites irte tan lejos no para encontrarte, sino para desconocerte.
Para verte reaccionando donde tus viejas respuestas ya no te sirven.
Para descubrir que podías dormir ahí.
Comer eso.
Hablar con esa persona.
Estar tan lejos.
Sentirte tan cerca.
Nosotros proponemos un viaje a India.
21 noches. Ocho ciudades. Cuatro personas acompañándote.
Todo perfectamente organizado.
Pero yo te deseo que ojalá algo salga terriblemente mal.
No el vuelo.
No el hotel.
No la ruta.
Vos.
Ojalá falle esa versión tuya que lleva años funcionando impecablemente.
La que puede con todo.
La que dice que no pasa nada y sigue.
Ojalá esa maquinaria perfecta haga un ruido extraño.
Y se detenga.
Ojalá pierdas algo.
No la valija.
No el pasaporte.
Algo peor.
Una verdad.
Una de esas que llevás tantos años repitiendo que ya no recordás quién te la puso adentro.
Quién te dijo hasta dónde.
Qué era demasiado tarde.
Qué parte de tu deseo era razonable.
Y qué parte convenía guardar para otra vida.
Por eso quiero que algo salga mal.
Profundamente mal.
No quiero que India te encuentre.
Quiero que te pierda.
Después habrá que volver.
Ese es el problema.
Porque nosotros podemos organizarte India.
Cuidarte.
Traerte de regreso.
Lo único que no podemos garantizarte es quién va a bajar del avión.
Ojalá vuelvas a todo lo que dejaste en el mismo lugar y descubras el desastre: ya no entra todo adentro tuyo de la misma manera.
Ojalá que India toque eso que llevabas años consiguiendo no tocar.
Que abra una grieta donde habías construido una certeza.
Que te quite algo que nunca supiste que pesaba.
Ojalá tengas que preguntarte qué carajo vas a hacer ahora con todo eso que descubriste que también sos.
Ojalá que cuando vuelvas, te falte algo.
Ojalá te falte para siempre la persona que tuviste que ser para llegar hasta allá.
Ojalá India te devuelva.
Pero no entera.
Pero no entero.
Y que alguna parte de vos se niegue rotundamente a regresar.

Hoy vi mis palabras publicadas en un perfil ajeno. Y no fue la primera vez.Ya las había visto antes.Replicadas.Repostead...
15/09/2026

Hoy vi mis palabras publicadas en un perfil ajeno.
Y no fue la primera vez.
Ya las había visto antes.
Replicadas.
Reposteadas.
Levemente modificadas.
Pero esta vez llevaban la firma de otro.
Como si hubieran nacido de otra boca.
Como si alguien más las hubiese parido.
Como si no fueran mías.
Como si no supieran que me dejaron sin dormir.
Que las escribí entre lágrimas y temblores.
Y me quedé mirando.
No con bronca.
Con una mezcla rara de tristeza y desgarro.
Como quien ve a su criatura caminando con otro apellido.
Como quien reconoce un hijo en brazos de otra madre que ni siquiera estuvo en el parto.
Yo sé lo que escribí.
Porque cada palabra fue un hilo de sangre.
Porque cada texto me costó una noche.
Hay textos que me partieron al medio y después me cosieron.
Otros que me salvaron.
Y otros que me dolieron más que la herida misma.
No son frases.
No son textos.
Son pedazos de mi historia.
De mi duelo.
De mis ojos.
De mis mu***os.
Y aunque las copien, aunque las firmen con sus nombres, yo las reconozco.
Porque son mías.
Yo sé lo que escribí.
Porque no lo pensé.
Lo escupí.
Lo parí.
Lo recé.
Lo rogué.
Lo grité.
Lo vomité.
Esos textos son los que veo ahora paseando con piel prestada por muros que no saben su historia.
Y no, no estoy pidiendo aplausos.
Ni que me nombren.
Pero no los firmen.
Porque esas palabras no nacieron de una idea linda para subir a redes.
Nacieron de una verdad insoportable.
Hay palabras que escribí llorando y otras que ni siquiera escribí yo.
Ellas me escribieron a mí.
Me tomaron.
Me habitaron.
Me vaciaron.
Y ahora están ahí, en otras bocas.
Como si fueran arrancadas de mi útero.
Como si no tuvieran madre.
Pero sí.
Tienen madre.
Y esa madre soy yo.
Asi que si alguna vez las ves ahí, firmadas por otro, sabé que esas palabras no son suyas.
Son huérfanas robadas.
Son palabras que nacieron de mis vísceras y que ahora otros crían sin haber parido.
Y aunque les cambien la cuna, yo sé bien cuál fue el grito con el que nacieron.

A veces pierdo clientes por mandar un audio de cuarenta segundos.Y está bien.Cuando alguien me escribe por un viaje a In...
15/09/2026

A veces pierdo clientes por mandar un audio de cuarenta segundos.
Y está bien.
Cuando alguien me escribe por un viaje a India, antes de enviar precios, fechas e itinerarios, hago algo poco eficiente para estos tiempos: me presento.
Mando un audio breve.
Digo quién soy y pregunto: ¿por qué India?
A veces alguien no escucha esos cuarenta segundos.
Vuelve a pedirme la información escrita.
Y yo no la envío.
Queremos respuestas inmediatas.
Un link. Un precio. Un PDF.
También empezamos a hacer eso con las personas.
Deslizar. Archivar. Silenciar. Siguiente.
Por eso todavía mando un audio de cuarenta segundos.
Porque una voz tiene algo que ningún archivo puede adjuntar.
Una respiración. Una pausa. Una presencia.
Si voy a acompañarte durante veintiuna noches por uno de los países más intensos del mundo, necesito que antes podamos regalarnos cuarenta segundos de humanidad.
Sé que comercialmente puede jugarme en contra.
Pero no todo lo que aumenta una venta mejora un proyecto.
Hay cosas que cuando se vuelven demasiado eficientes, empiezan a perder el alma.
Yo no construí Alma Shiva para despachar personas hacia India, sino para acompañarlas.
Porque yo no estoy vendiendo una licuadora.
Ni siquiera estoy vendiendo un viaje.
Estoy proponiéndole a una persona que se vaya conmigo al otro lado del mundo.
Que vea cuerpos ardiendo junto a un río sagrado.
Que camine entre dioses, bocinas, vacas, incienso, pobreza, belleza, muerte, devoción y contradicción.
Porque cuando India sea demasiado, yo voy a estar ahí.
No un copy paste
No un PDF.
Yo.
La misma voz que duraba cuarenta segundos en tu teléfono.
Tal vez cuarenta segundos parezcan demasiado en un mundo capaz de entregarle un tiempo obsceno a una pantalla.
A mí me parecen poquísimo.
Si no tenés cuarenta segundos para escuchar quién está del otro lado, dudo de que este sea tu viaje.
Porque antes de ofrecerte un viaje quiero saber si todavía podemos hacer algo tan antiguo como encontrarnos.
Aunque sea con una voz a través de un teléfono.
Así que sí.
A veces pierdo una venta por esos cuarenta segundos.
Y no pasa nada.
Hay algo que me dolería mucho más perder.
La humanidad con la que elegí llevarte hasta India.

Hay puertas que no se abren aunque pongamos las manos en ellas.Golpeamos.Esperamos.Insistimos.Hasta que un día nos cansa...
14/09/2026

Hay puertas que no se abren aunque pongamos las manos en ellas.
Golpeamos.
Esperamos.
Insistimos.
Hasta que un día nos cansamos de pedirle pasar a un lugar que quizás llevaba mucho tiempo intentando salvarnos de entrar.
Nos enseñaron a desconfiar del obstáculo.
A creer que todo lo que se interpone entre nosotros y aquello que deseamos debe ser vencido.
Como si avanzar siempre fuera una victoria.
Como si insistir siempre fuera valentía.
Como si llegar fuera necesariamente llegar a algún lugar.
Pero algunas de las cosas que más cambiaron mi vida comenzaron con algo que salió mal.
Una puerta cerrada.
Una pérdida.
Una despedida que yo no había elegido.
Un plan deshecho entre las manos.
En ese momento no pude verlo.
Nadie puede reconocer un camino mientras todavía está llorando el que acaba de perder.
Hoy en India se celebra Ganesh Chaturthi.
Ganesha es el dios que remueve los obstáculos.
Y, sin embargo, cada vez entiendo menos esa frase de manera literal.
Porque quizás los dioses no vienen a despejarnos el camino.
Quizás a veces son ellos quienes ponen las piedras.
Las suficientes para que tropecemos.
Las suficientes para obligarnos a levantar la cabeza.
Las suficientes para que dejemos de caminar por inercia hacia aquello que alguna vez quisimos, pero que ya no nos pertenece.
Hay obstáculos que impiden.
Y hay obstáculos que salvan.
El problema es que casi siempre se parecen.
Por eso seguimos empujando puertas mu**tas.
Regresando a lugares terminados.
Pidiéndole una señal al mismo camino que lleva meses diciéndonos que no es por ahí.
Tal vez la sabiduría no consista en conseguir que todo se abra.
Tal vez consista en saber ante qué puerta quedarse y ante cuál retirar lentamente las manos.
Hoy no le pediría a Ganesha una vida sin piedras.
Le pediría ojos para reconocer cuál debo apartar y ante cuál debo detenerme.
Le pediría lucidez para reconocer cuáles vienen a detenerme y cuáles vienen a desviarme hacia mi propia vida.
Porque quizás no todos los caminos cerrados sean una desgracia.
Quizás algunos sean una forma feroz de la protección.
Que se abra el camino.
Y si alguna puerta tiene que permanecer cerrada, que también tenga la sabiduría de dejarla atrás.

A veces pienso que hice todo al revés.Que a esta altura de mi vida tendría que haber aprendido a elegir lo previsible.A ...
12/09/2026

A veces pienso que hice todo al revés.
Que a esta altura de mi vida tendría que haber aprendido a elegir lo previsible.
A tener más certezas que impulsos.
Y sin embargo, acá estoy.
Con una valija que nunca termino de guardar.
Con una parte de mi vida en Argentina y otra esperándome a miles de kilómetros.
Organizando viajes a un país que hasta hace diez años atrás yo misma no sabía que necesitaba conocer.
No soñé con hacer esto.
No hubo una estrategia.
Fue bastante más desprolijo.
Primero fui a India.
Después India empezó a meterse en mi vida.
Recién entonces entendí que podía llevar a otros hasta ahí.
Aunque llevar tampoco sea exactamente la palabra.
Porque yo no les muestro India.
Yo apenas estoy ahí.
Mirando la cara de alguien cuando ve Varanasi por primera vez.
Sentándome al lado de quien se queda en silencio frente al Ganges sin saber demasiado bien qué le está pasando.
Reconociendo ese instante en el que una persona sigue parada en el mismo lugar, pero algo adentro suyo ya empezó a moverse.
Vuelvo porque allá me resulta más difícil mentirme y esa diferencia terminó cambiándome la vida.
Porque sé lo que puede pasar cuando una persona deja de hacerse siempre las mismas preguntas.
Cuando el ruido de India empieza, paradójicamente, a hacerle silencio adentro.
Dentro de un mes y medio me voy otra vez.
Seis meses.
Medio año.
Y sin embargo no siento que me esté yendo.
Siento que estoy cambiando de mitad.
Como si mi vida hubiera aprendido a respirar con dos pulmones y cada uno estuviera en un país diferente.
Hay algo casi salvaje en regalarle medio año de una vida a un país.
Voy a trabajar.
Voy a escribir.
Voy a acompañar gente.
Voy a tener días extraordinarios y días comunes.
Voy a lavarme la cara, cepillarme los dientes y hacerme un mate.
O un chai.
A putear porque se corta el wifi.
A comprar fruta en la esquina.
A despertarme algún martes sin recordar de qué lado del mundo estoy.
Y quizás, después de todo, sí hice todo al revés.
Porque cuando parecía que tocaba echar raíces, descubrí que las mías podían crecer en dos tierras.
No sé si esta era la vida que tenía que construir.
Pero cada vez se parece más a la vida que quiero vivir.

Hay quienes creen, secretamente, que lo que hago no es del todo un trabajo.Que viajar a India con grupos es solamente un...
11/09/2026

Hay quienes creen, secretamente, que lo que hago no es del todo un trabajo.
Que viajar a India con grupos es solamente una forma bastante linda de ganarse la vida.
Pero llevar un grupo no es solamente mover personas de una ciudad a otra.
Es entrar, durante veintiún días, en contacto con dieciséis maneras distintas de sentir, de esperar, de asustarse, de entregarse, de resistirse.
Y estar atenta a todas.
Está quien no necesita nada y se entrega por completo.
Está quien me pregunta hasta el último detalle.
Está quien ríe a carcajadas.
Quien llora frente a un templo sin saber por qué.
Quien se enoja.
Quien se asusta.
Quien comprende perfectamente la frecuencia del país en el que está y quien, esperando la próxima ciudad, se pierde la que está sucediendo delante de sus ojos.
Y yo los miro.
Los miro mucho.
Porque parte de mi trabajo consiste en aprender una lengua que no se habla.
Hay personas a las que les veo la cara y sé si están felices, agotadas, fascinadas, al borde de querer salir corriendo o, directamente, a cinco minutos de tirarse al Ganges.
Con otras cuesta más.
Hay que acercarse.
Esperar.
Preguntar sin preguntar.
Saber cuándo aparecer y, mucho más difícil todavía, cuándo desaparecer.
Porque acompañar a alguien no es llevarlo de Delhi a Varanasi, de Varanasi a Agra, de una ciudad a la siguiente.
Eso sería facilísimo.
Es darse cuenta de quién se quedó atrás aunque esté caminando al lado tuyo.
Quién necesita una mano y quién necesita que nadie lo toque.
Quién está teniendo el viaje de su vida.
Y quién está peleándose, sin saberlo, con algo que trajo desde mucho antes de subirse al avión.
Durante veintiuna noches llevo, además de mi valija, una especie de equipaje invisible hecho de personas.
Y no, no es liviano.
Es hermoso.
Pero hermoso nunca quiso decir liviano.
Porque yo puedo llevarlos hasta la puerta.
Puedo acompañarlos a atravesarla.
Puedo sostener dieciseis viajes sucediendo al mismo tiempo.
Pero después sucede algo entre India y cada uno de ellos en lo que yo ya no puedo intervenir.
Y quizás mi trabajo sea exactamente ése: sostener durante un rato la energía de todos y después saber hacerme a un lado para que India termine de entrar.

No vengas a India.No vengas si necesitás que todo funcione como en tu casa.Si querés horarios exactos, silencio, orden, ...
10/09/2026

No vengas a India.
No vengas si necesitás que todo funcione como en tu casa.
Si querés horarios exactos, silencio, orden, veredas limpias y respuestas para todo.
No vengas si te molesta que la pobreza exista delante de tus ojos.
Si necesitás mirar para otro lado para poder seguir disfrutando del viaje.
No vengas si buscás un país que se acomode a vos, a tus tiempos, a tus costumbres, a tu idea de comodidad.
No vengas si querés entenderlo todo.
India no se vuelve más prolija porque hayas comprado un pasaje.
Vas a ver belleza al lado de cosas que te van a resultar insoportables.
Vas a sentir devoción y rechazo.
Fascinación y cansancio.
Ternura y bronca.
A veces, todo el mismo día.
No vengas a India esperando encontrar solamente espiritualidad.
India también es bocinas.
Basura.
Multitud.
Contradicción.
Privilegio.
Miseria.
Fiesta.
Muerte.
Y una belleza capaz de aparecer en el lugar menos correcto.
Así que no.
No vengas si vas a comparar cada cosa con tu país.
No vengas si necesitás sentirte superior para sentirte cómodo.
Si creés que porque pagaste un pasaje el país tiene que recibirte de la manera que imaginaste.
India no está ahí para cumplir tus expectativas.
No le importa si te abruma.
No le importa si te incomoda.
No le importa si te parece demasiado.
No va a ordenar sus mu***os, sus vacas, sus dioses, su pobreza ni su belleza para que entren mejor en tu foto.
India no necesita gustarte.
Y quizá ése sea el problema.
Porque para atravesarla de verdad, antes tenés que dejar de creer que sos vos quien vino a juzgarla.
A veces uno viaja al otro lado del mundo para descubrir algo bastante incómodo:
que el extranjero era uno.
India va a seguir siendo India mientras vos decidís si podés soportar no ser el centro de la escena.
No todo te va a gustar.
Por suerte.
Porque India no siempre te da lo que fuiste a buscar.
A veces te saca algo y ése termina siendo el viaje.
Pero si después de leer todo esto todavía querés venir, vení.
Nosotros te llevamos hasta la puerta.
Después, que India haga con vos lo que sabe hacer.

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