27/05/2026
En India las escobas son chiquitas.
Ridículamente chiquitas.
Parecen un pequeño animal de paja.
Flacas.
Despeinadas.
Con las puntas abiertas por el uso y el polvo.
Están hechas de hebras secas atadas apenas con un hilo de color.
Sin mango.
Sin altura.
Sin distancia entre la mano y la tierra.
Sin ninguna intención de cuidar la espalda de nadie.
Para usarla hay que bajar el cuerpo entero.
Entonces las mujeres barren dobladas sobre sí mismas.
Siempre dobladas.
Las ves en la calle.
En las estaciones.
En los negocios.
En los templos.
En las puertas de las casas.
En los hoteles.
En los negocios.
Mujeres diminutas contra avenidas imposibles.
Barren la tierra que vuelve.
El polvo que vuelve.
La basura que vuelve.
La vida que vuelve a ensuciarlo todo apenas terminan.
Como si limpiar nunca terminara.
Como si vivir tampoco.
Y mientras las mirás pensás: esto podría ser más fácil.
Un palo más largo, la p**a madre.
Eso es todo.
Un miserable palo más largo.
India está llena de cosas así.
Cosas incómodas.
Cosas agotadoras.
Cosas que podrían resolverse fácil.
Pero no.
India parece haber hecho un pacto distinto con el cansancio.
Allá el cuerpo todavía se arrodilla.
Se agacha.
Carga.
Espera.
Suda.
Camina descalzo.
Se rompe un poco.
Y sin embargo sigue.
Las escobitas obligan al cuerpo a bajar.
A inclinarse.
A acercarse demasiado al suelo.
Y tal vez eso sea lo que más me impresiona de India.
Que casi todo ocurre cerca de la tierra.
La gente cocina y come cerca del piso.
Duerme cerca del piso.
Reza cerca del piso.
Espera cerca del piso.
Llora cerca del piso.
Las manos amasando.
Las mujeres lavando ropa.
La gente esperando el tren.
Los pies descalzos entrando a un templo.
India sucede abajo.
Hasta las manos parecen haber aprendido otra distancia con el mundo.
Y entonces entendés que la escoba no es una escoba.
Es una forma de habitar.
Porque nosotros venimos de lugares donde todo intenta alejarnos de la tierra:
las camas altas, los edificios altos, las pantallas, los zapatos con taco y las vidas enteras sin tocar nunca el suelo con las manos.
Hasta que un día sin darme cuenta la escobita dejó de parecerme un error porque lo que en verdad sucede es que India todavía vive y respira desde abajo.
En el piso.
En el barro.
En las manos.
En los pies.
En las rodillas.
Y hay algo muy fuerte en eso.
Algo difícil de explicar.
Porque cuanto más tiempo pasás ahí, más sentís que el país entero respira desde un lugar primitivo.
No primitivo de atraso.
Primitivo de origen.
Como si la vida todavía no hubiera terminado de separarse del barro.
India no es un país que te eleva.
India es un país que te baja.
Te baja el cuerpo.
Te baja el ego.
Te baja la velocidad.
Te baja las defensas.
Te baja la idea de control.
Por eso esas escobitas me conmueven tanto.
Porque parecen injustas hasta que entendés que están barriendo exactamente ahí donde el país todavía tiene el alma: cerca del suelo.
Y hay algo en esa imagen que no puedo sacar de mi cabeza.
La manera en que el cuerpo se inclina.
No como castigo.
No como sometimiento.
No como miseria.
Como si India entera hubiese aprendido a vivir un poco más cerca de la tierra.
Como si nadie en India hubiera olvidado del todo de qué está hecho el mundo.
A veces pienso que nosotros vivimos demasiado erguidos.
Demasiado lejos del suelo.
Demasiado lejos de la muerte.
Demasiado lejos del barro que algún día volverá a tragarnos.
Pero India no.
India todavía toca la tierra con el cuerpo entero y por eso duele tanto.
Porque hay países que te ayudan a olvidar lo frágil que sos y que te enseñan a escapar del cuerpo.
India no.
India te lo recuerda todo el tiempo.
En los pies descalzos.
En las manos manchadas.
En las mujeres dobladas barriendo con el alma llena de polvo.
Como si la tierra todavía tuviera algo para decir y te lo susurrara bajito, desde una escobita de paja.
Autoría: María Celina Merlo de Alma Shiva. Viajes a India Grupales y Personalizados