12/11/2015
“A mis queridos revolucionarios”
Así se titula la carta que nos dejó Graciela, compañera del merendero de barrio Scarafía, tras su partida ayer martes, cumplida la semana de acampe. Se trata de unas pocas líneas, aunque profundamente claras y atinadas en su contenido, a la vez que manifiestan eso que el Che promulgaba sin ingenuidad, sobre endurecerse sin perder la ternura.
“Quiero decirles gracias por enseñarme a cuestionarme todo lo que me dicen, todo lo que me hacen creer y que no es como lo pintan. Gracias por no permitir que uno se resigne a vivir de una manera que no quiere, sino a demostrarme cuales son mis derechos y a luchar hasta caer rendidos, hasta no tener fuerza. Y tarde o temprano, de tanto hacer ruido, vamos a conseguir lo que nos propongamos. Nada es fácil pero tampoco es imposible. Gracias por enseñarme con el ejemplo, y aprendo mucho de su juventud y de sus ganas de cambiar esta sociedad. ¡No decaigan!. Y como dijo el Che: prefiero morir de pie que vivir siempre arrodillado”.
Ayer nos referíamos a la resistencia como la sustancia con la que se tejen nuestros sueños colectivos… ¡que mejor evidencia que lo expresado por nuestra compañera!, que como muchos y muchas habitantes de los territorios invisibilizados, paren las estrategias que les permiten sobrellevar las condiciones indignas de vida, que los poderosos les imponen. De esa manera, se las arreglan para terminar la escuela aun teniendo que atender a numerosos hijos e hijas; para levantar y habitar espacios comunes como merenderos y ollas populares; para militar e invitar a la lucha a vecinos y vecinas que aun no saben de las potencialidades del poder popular como herramienta de organización a la vez que horizonte mismo; para despojarse de las cadenas que las y los oprimen en sus condiciones de género; para acampar frente al mal gobierno cuando ya se han quemado todos los papeles; para sostener la medida hasta que Babilonia caiga.
Al octavo día de acampe lo encaramos así, desayunando estas convicciones, alimentándonos de los procesos colectivos en donde se moldean las subjetividades rebeldes.
Resuenan todavía las palabras de la compañera Marina (referente del centro de emergencias villeras del MPLD Capital) -que en lo que respecta a la salud como derecho- advirtió sobre el ejercicio de poder que se ejecuta sobre los cuerpos, que una vez doblegados, se vuelven inertes y normalizados. En otras palabras, las rebeldías que antes se ponían de manifiesto en las corporalidades, ahora ven truncadas sus posibilidades, producto de la medicalización y deslegitimación de los conocimientos populares sobre los procesos y las concepciones de la salud y la enfermedad.
Con respecto a este punto, Graciela es pionera, ya que se puso al hombro la lucha por la salud en el barrio en donde vive. De un tiempo a esta parte ella fogonea los encuentros entre el personal del centro de salud de Scarafía y los vecinos y vecinas que desean abrir espacios de diálogo para que se respeten sus derechos. Graciela sabe que, para que entren las ambulancias en la zona en donde vive, primero tiene que pelear por la urbanización. La compañera entiende que, antes que nada, si los vecinos y vecinas no tienen asfaltadas las calles de su barrio, si no tienen luz ni las redes de agua potable y cloacas garantizadas, pocas herramientas podrá brindar el dispensario en materia de prevención y asistencia de las emergencias. Por eso, ella y sus compañeros van primero por la regularización dominial y la urbanización, a la vez que ponen en agenda la falta de servicios en lo que respecta a la salud. Pero como no esperan sentados las decisiones del municipio, los vecinos y vecinas de Scarafía nucleados en el MPLD, decidieron proyectar una huerta con plantas medicinales para la atención primaria de la salud en su territorio, en el pedacito de tierra que pudieron adquirir a través de actividades de autofinanciamiento; espacio común en donde hoy se levanta el merendero al que nombraron “Manitos unidas”.
La crónica de esta mañana no quería dejar pasar las referencias que inspiran las militancias como las de Graciela, que lejos de resultar en experiencias subjetivas y atomizadas, convidan a la multiplicación del ejemplo.
Hoy nos espera una jornada con promesas indecisas y a media voz por parte de la gestión municipal en lo que refiere a un acuerdo. Pero no somos ingenuos, tampoco pasivos. Los bombos y platillos se harán escuchar. También los descontentos, los cantos revolucionarios y las exigencias. No nos vamos hasta que nos den lo que nos pertenece.
¡Por la dignidad de la vida, siempre!