23/11/2025
Días de Temporal y la Herencia del Trenzado de Cabrestos
Si le preguntas a cualquiera qué es lo que más le gustaba de su niñez en el campo, te hablarán de ir al río o de las fiestas del pueblo. Pero para mí, tu abuela, lo más lindo de la vida eran los días de lluvia.
Y la razón no es la calma, sino la excusa perfecta para trabajar junto a mi papá.
Teníamos una gran cantidad de animales: caballos, mulas de carga, burros... y eso significaba que siempre, siempre, se necesitaban cabrestos nuevos.
Si el arreo era el trabajo del día, el cabresto era el trabajo de la lluvia.
Apenas escuchábamos la lluvia, que nos obligaba a resguardarnos, mi papá sonreía y decía: "¡A ver, mi hijita, hoy toca hacer lazos!"
Esa obra mezclada con el de la tierra mojada, es algo que nunca voy a olvidar. Nos sentábamos en el corredor, donde podíamos ver cómo caía el agua, pero estábamos secos. Él con su cuchillo, yo con las ganas de ayudar.
Mi trabajo era el de la paciencia. Mi papá cortaba las tiras maestras, las que formarían el cuerpo del cabestro. Yo, con mis manos de niña, me encargaba de sobárselas; había que pasarlas una y otra vez por un pedazo de madera o una varilla para ablandarlas, no estuviera tan tieso.
Mientras yo sobaba, él comenzaba con el trenzado. ¡Qué manos las de mi padre! Era como ver a un mago. Las tres o cuatro tiras de cuero empezaban a moverse rápido, cruzándose, sin equivocarse nunca. Él decía que el secreto era no pensar en el final, solo en el siguiente cruce.
Y lo que más me gustaba era que en esos momentos él me enseñaba:
"Mire mi hija hay que hacerlo fuerte, para que el animal sepa quién manda, pero suave, para que no lo lastime. El cabresto es respeto, no solo fuerza."
Así mismo era cuero o pelo del animal, de la cola específicamente, nos dábamos el trabajo de hacerlo con paciencia, de hacerlo bien, realmente ningun trabajo más lleno de paciencia que mi padre explicando el trabajo.
Los días de lluvia no eran aburridos. Eran días de aprendizaje. Yo terminaba con los dedos adoloridos de tanto sobar y trenzar, pero feliz de ser su ayudante.
Escuchábamos el trueno, el agua correr por la acequia, y a mi madre cantando adentro mientras preparaba el almuerzo. Era una paz increíble.
Cuando el trabajo terminaba, teníamos una pila de lazos brillantes listos para el sol. Y yo sentía que ese cabresto era mío. Que, aunque mi papá fuera el maestro, yo había puesto la fuerza y el cariño en ese trabajo.
Por eso, cada vez que veo caer la lluvia, no pienso en el frío, sino en el calor del corredor y la gran lección que aprendí de mi papá: que el trabajo más importante se hace juntos.
Esa era la magia del cabresto, esa es nuestra identidad comarapeña.
Relato de Benigna Rojas Siles, hablando de su niñez con su padre Demetrio Rojas Tordoya, un 23 de noviembre a las 2:47 PM de la tarde mientras vemos el cielo a punto de llover.