26/05/2026
26 / 5 / 1880
Batalla del Campo de la Alianza.
Relato de Víctor Koerner, cirujano chileno:
“Hasta tarde continuamos en busca de los heridos del campo, formando un pequeño campamento en donde podíamos atenderlos con más comodidad, hasta que la oscuridad de la noche interrumpió nuestra fatigosa tarea.
Nos encontrábamos a pocas cuadras de las trincheras abandonadas del enemigo.
Avanzando las horas el campo comenzó a cubrirse una neblina que a poco a poco se fue transformando en una mojadora camanchaca.
En esta situación se nos presentó el problema de cómo proteger a los más graves de nuestros heridos de la humedad y del frío de la noche.
Para ello tuvimos que recurrir a los mu***os que yacían sobre la arena en los alrededores, en su mayor parte bolivianos, despojándolos de sus chaquetas para cubrir con ellas a los más necesitados; tarea desagradable por cierto, y más difícil de lo que uno se imagina, a causa de la extrema rigidez cadavérica de los miembros.
Hecho todo esto, nos tendimos sobre la arena, no sin antes proveernos de unos rifles “Comblain” votados en el campo, y de algunas cápsulas para cualquier emergencia durante la noche.
Durante el combate ni tampoco al día siguiente supimos nada acerca de nuestra ambulancia, colocada seguramente a gran distancia a retaguardia.”
Relato de Ruperto Marchant Pereira. (Parte 6) Compale...Que le café?:
“Comenzaba la tarea mas triste y abrumadora que darse puede. Los heridos alzaban sus rifles para que fueran en su auxilio. Era preciso ir uno por uno, administrándole la Extremaunción, ungiéndolos en la frente, y tomando nota de sus encargos y ultimas disposiciones. Imposible describir aquellas escenas de dolor y resignación cristiana, de aquellos hombres de acero con almas de niños. ¡Nobles soldados! ¡héroes anónimos, de quienes no se conserva ni siquiera el recuerdo, pero a quienes Dios, sin duda, ya ha galardonado, por haber vertido su sangre y dado su vida por la patria!
Exhaustas sus fuerzas con las tremendas impresiones de aquel día, al llegar la noche, solo en aquellas colinas, donde imperaba la muerte con todos sus horrores, el sacerdote elevo al cielo una plegaria, apareciendo al punto una carpa que, a pesar de la densísima oscuridad, el veía rayada de azul y blanco, como una media agua a modo de corredor. A la entrada, había un montón de hojas de maíz: "Para mi caballo", se dijo, y, quitándole el freno, lo dejo ahí atado. Hacia la derecha había un catre de campaña, con sus frazadas dobladas: "¡Bendito sea Dios! exclamo, para el pobre pollino que ya no puede mas", y se dejo caer como en un lecho de plumas. En ese momento, se sintió el trotar de un jinete que luego se detenía: "Adelante, que aquí al menos hay abrigo". Una voz conocida contesto desde afuera: "¡Vaya! se dijo, era lo único que faltaba, alguien que me resguardara". Y, así diciendo, se quedo profundamente dormido, viniendo a despertar con el chisporroteo de una fogata que iluminaba toda la carpa. Un chino estaba en cuclillas cerca del fuego, y, al ver que el sacerdote se despertaba: "Compale, le dijo, ¿quele café? "Bueno, compale", contesto el capellán, tomando a 2 manos la cantimplora que le presentaba el chino y que se bebió con delicia".