05/12/2025
Hace dos días despedimos a Sansón. Mi san Bernardo. Mi viejo flaco de 50 kilos, su peso en huesos, corazón y mofletes. Viejo chinchudo. Esta última semana lo vi apagarse, día tras día, mientras Seba y yo tratábamos de entender qué le pasaba. Y llegó ese momento que nadie quiere vivir: decidir la eutanasia. Algunos lo llamaron “un acto de amor”. Nosotros solo queríamos que no sufriera más. No sé si eso es amor, pero supe que era lo correcto.
Nunca imaginé cuánto lo amaba hasta que llegó la veterinaria a casa. Le tomé la pata, levanté su oreja peluda sobre mi mano para sentir su calor, y ahí lo sentí irse. Sentí la vida detenerse dentro de su cuerpo y su esencia —eso que lo hacía él— desprenderse de un cuerpo que ya no podía sostenerlo, que lo había abandonado antes. Y de pronto quedamos nosotros, su familia, atrás. Y él, mi gigante, reducido al silencio. Lloré como una niña.
Sansón no fue un perro. Fue historia. Fue viajes, casas nuevas, ciudades nuevas, fue la mezcla constante de Argentina/Chile y viceversa. Fue compañía, caos, risas, rutinas. Un personaje enorme, excéntrico, cariñoso, con alma de niño malcriado. Vivió diez años con nosotros, diez años que se me quedaron grabados en la piel.
Y también fue mi compañero de trabajo. Allá arriba, en el parque de nieve de Farellones, Sansón se convirtió en un verdadero compañero laboral. Era famoso: el más excéntrico de todos, el que caminaba y se paraba que lo hacia ver Majestuoso, el que saludaba como si conociera a cada turista, el que se hacía querer sin esfuerzo. Trabajábamos juntos, mi modelo; él a su manera. Farellones fue una etapa hermosa, y él fue parte fundamental. Su presencia hacía más livianos los días, más cálido el frío, más amable el cansancio. Era mi compañero, mi sombra grande, mi perro de montaña.
Él estuvo casi desde el comienzo de mi historia con Seba. Originalmente el perro de Seba, que me pidió que lo acompañara a Bariloche para conocerlo. Ese día lo vi llegar hacia mí con esas patas flacas de cachorro que daban en adopción porque ya no había tiempo, ni dinero, ni espacio para él. Saltó como una gacela, feliz, directo a mis brazos. Le pedí a Seba una foto con ese “cachorrote”. Hoy esa foto es