11/01/2019
"A la tierra le brotó una ciudad" (Tomé)
Cuenta don Alonso de Ercilla y Zúñiga, en su épico poema La Araucana, que el ulmén Lel Thomé era un respetado líder mapuche, que lograba reunir para la batalla a gentes muy disímiles, y en la asamblea de los loncos, gustaba más de velar por la armonía que exhibir su ego. Con el correr de los siglos, y por la perseverancia del huinca invasor, sus tierras usurpadas se transformaron en un pequeño asentamiento costero, donde se vivía de la provisión del mar. Allí establecieron los españoles el último punto de descanso del Camino Real de La Frontera, que unía Concepción y Santiago serpenteando la Cordillera de la Costa.
Entrado el siglo XIX, esta conexión vial, y la abrigada situación de su bahía –no por nada en los mapas coloniales aparece como el Puerto de La Herradura del Tomé- hicieron de esta villa salida natural para la producción agrícola de las provincias del Maule al sur, aún antes que Constitución o Talcahuano. En la época de la Fiebre del Oro de Estados Unidos, el cereal y el mosto pululaban en tan denso enjambre por la vieja ruta española, que ésta tomó el apodo de “La calle a California”, nombre que hasta hoy conserva el barrio que surgió en sus contornos.
Junto al auge portuario, se establece en 1865 la actividad económica más determinante en la identidad de la ciudad: el tejido de telas. El apogeo de la industria textil se alcanzó en la década de 1950, cuando ocupó a unas 5.000 personas, repartidas entre la Fábrica de Paños Bellavista-Tomé; la Sociedad Nacional de Paños de Tomé, que alcanzó fama con su prestigiosa marca Oveja; y la Fábrica Ítalo-Americana de Paños de Tomé, FIAP. Las tres industrias eran potentes símbolos de progreso; sus altas chimeneas, señales que atraían la migración de campesinos y extranjeros, futuros obreros, empleados, y comerciantes. Lo cosmopolita de Tomé se leía en las tiendas de inmigrantes como Sayeh, Manzur, Nazar, Zaror, Carbonetto, Borzone, Mosso, Wagner, Volkwein, y tantos otros; o en la plana mayor de las fábricas, Werner, Mahns, Gorrini, Sbárbaro…
Menos de 100 años bastaron para que la pequeña villa de pescadores se transformara en pujante ciudad industrial. El sector plano se llenó de comercio, servicios públicos, y viviendas; pero, lo que mayor presencia marcó en su imagen, fueron las enormes instalaciones de las fábricas y bodegas. De lo que sobrevive, predomina en su diseño una línea muy austera y geométrica del Art Decó, desde composiciones aún protorracionalistas, hasta la corriente Streamline, tan propia de nuestra primera modernidad arquitectónica de los años ‘40. El predominio del lleno, tratado con un estuco prolijamente estriado, y su altura de nave industrial, convierte estas masas grises en puntos de referencia dentro del paisaje urbano. Las textiles también edificaron los grandes conjuntos habitacionales de la ciudad, y equipamientos de todo tipo para sus trabajadores, que constituyen sus actuales zonas patrimoniales, pues generan identidad y arraigo.
Era tal la demanda habitacional de los trabajadores del mar y la industria, que los estrechos valles de la ciudad pronto se desbordaron, y las casas comenzaron a subir hacia los cerros. Alegre, La Pampa, El Santo, Estanque, Frutillares, San Juan y Navidad, fueron surcándose de sinuosos pasajes y escaleras, poblándose de hogares que, encaramados uno sobre otro, capturan en su interior fantásticas vistas sobre la bahía, y reflejan cada tarde los colores del ocaso. El horizonte, desde los cerros de Tomé, se mira hacia abajo; desde la altura, se dimensiona la enorme amplitud del gran domo celeste que es el cielo.
En este tipo de urbanización, podemos decir que a la tierra le brotó una ciudad, así como a la piedra le nace el suave y mullido musgo. Las viviendas de los cerros, principalmente autoconstrucción, puede que no revistan interés como objeto arquitectónico aislado, pero en conjunto, crean un tapiz armónico que sabe aprovechar bien el privilegiado lugar donde se posa. El relieve de Tomé propició, con tal despliegue de bahías, acantilados, cerros, quebradas, valles, y suaves cursos de agua, una riqueza de formas y escenarios que hoy constituyen una verdadera galaxia. Este es el gran valor de Tomé, que lo hace un atractivo destino turístico, no solo por su inagotable variedad de playas, que conviven armónicamente con la pesca artesanal, sino porque es una ciudad pensada, en primer lugar, como un paisaje para las personas.
La serie de fotografías fue realizada por el arquitecto Rodrigo Fischer P. hacia mediados de la década de 1980.