13/04/2020
LA CULPA DE UN TAL LAUREANO
Aún tenían presente todos los habitantes de la villa andina de Santa Fé los escabrosos gritos del general Uribe Uribe en la mitad de la calle mientras se desplomaba con heridas en el cráneo. Dicen que estaba ya inconsciente pero yo prefiero pensar que las corvas se le doblaron de tristeza por la traición. Se acababa de conmemorar el tercer año del as*****to de Rafael Uribe Uribe y Bogotá (Santa Fe, entonces) pensaba que aunque la boca le sabía a sangre aún, lo peor había pasado. Se trataba de hacer la vida igual, pero ya nada sería igual para la villa sabanera. Los cachacos de entonces seguían con sus rutinas. Todo pasa. Hasta el brutal as*****to. Convenía dejarlo pasar sin hacer un alto. Sería siempre una cicatriz en la memoria y en las vidas de nuestras gentes, pero convenía creer que el tiempo todo lo cura y que todo estaría bien más adelante.
Seguramente dentro de tantas ocupaciones capitalinas llegaría un señor de esos de pelo pegado con betún como casco y gran bigote a contar hazañas maravillosas ocurridas a su persona durante la estadía en Europa. De apellido Rodríguez, Santos, Uribe, Pombo, Herrera, Velásquez o Rojas? Quién sabe! Pero seguro que alardearía durante sus onces bogotanas de haber probado té y galletas en Londres, de haber comido boquerones en España, de haber posado para un retrato en el centro de Madrid. Seguro que se refirió a sus contertulios con burlas llamándolos indios o ruanetas o patihinchados. Se iría caminando esa noche después de haber sido el centro de atención durante horas, copado de aguardiente hasta los sesos. Llegaría a su cama dando tumbos y dormiría con las ropas a medio retirar, boca abajo en una posición incómoda. El viaje en barco, luego el viaje por el Río de la Magdalena hasta Honda y luego la subida fuerte y recia hasta el altiplano, combinado con la euforia de los compinches y los azotes del aguardiente, lo dejarían inutilizado por varias horas. Seguro que al día siguiente se despertaría Laureano, Alvaro, Rafael, Eliecer tal vez. Se despertaría Laureano entonces arrastrando su humanidad y al ser increpado por su esposa por el deplorable estado, diría Pasaría Laureano las horas del día recibiendo visitas de muchos conocidos que le darían la bienvenida e irían a chismosear por las compras y las historias recién tríadas. Lo más probable es que se mencionara poco el suceso de hacía poco más de tres años. No pienso que le dedicarían mucho a recordar el as*****to del general porque para eso le pusieron la placa esa en la calle donde lo mataron. Ya no había que hacer tanto escándalo. La vida sigue y de seguro el año 1919 sería prometedor y mucho mejor que los pasados. Don Laureano (¿González, tal vez?) se acostaría a dormir ese guayabo infame a eso de las 4.30pm después de tomarse un chocolate caliente. En las horas precedentes habría tenido contacto con cerca de 74 personas: Amigos, chismosos, los arrieros, los meseros, la gente del v***r, la gente del barco. Todos ellos estarían infectados. Cada uno de ellos en las siguientes horas se verían de manera cercana con 12 personas aproximadamente y esas con otras 12. Así, la cuenta para la semana siguiente sería que 10.656 personas aproximadamente estarían en potencia de haber sido contagiadas por Laureano Gonzalez (¿?) que había traído la gripe que ahora se conoce como COVID-02 (SARS-CoV-2) contraída en el barco proveniente de Europa y que mataría sin clemencia, sin discriminar a más de 1.500 personas en Bogotá para 1919. Así tal vez comenzó la epidemia de lo que llamarían Gripe Española, en Colombia. Laureano de las Casas (Si! De las Casas suena bien) habría contagiado a su paso a una parranda inocentes dejando el primer mu**to en la Costa Caribe cuando apenas Laureano Coronaba el alto de El Tablazo y se enrutaba a la concurrida tertulia aguardientera en Santa Fé. Tal vez fue por eso que casi todos ubican el origen de la pandemia de 1918 en Bogotá. Pero la verdadera historia debería haber sido así como se las cuento.