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21/11/2025

¿QUÉ ES SER COMUNERO?

Una verdad contada con acento

Vea, mijo… cuando uno habla de ser Comunero, no está hablando de una fecha en un libro viejo ni de una estatua llena de palomas en el parque. No, señor. Ser Comunero es una cosa que se siente en la sangre, como ese impulso de pararse derecho cuando algo le parece injusto. Eso no se aprende: eso se hereda.

Ser Comunero es llevar adentro el carácter del santandereano: fuerte, sincero, directo, terco sí, terco, pero terco pa’ lo que toca y con una berraquera que no se nos acaba ni con el clima caliente de , , o ni con el frío que pela en , o .

Teniendo en cuenta que esta historia viene desde los tiempos en que en El Socorro y sus alrededores, la gente se cansó de que les quitaran lo suyo y les pusieran impuestos hasta pa’ respirar, lo que pasó no fue simple protesta. Fue dignidad. Y esa vaina marca.

Ser Comunero es no dejarse pisotear

El santandereano podrá ser calmado, amable y hasta bien chistoso… pero cuando le tocan la dignidad, ahí sí, mejor dicho, se le activa ese gen comunero que todos tenemos escondido detrás del acento.

Así fue en 1781 cuando Manuela Beltrán, sin miedo a nadie, agarró aquel papel lleno de abusos, lo alzó y lo rompió como quien rompe una atadura, diciendo lo que muchos no se atrevían. Y por consiguiente, cuando un santandereano hoy siente injusticia, le tiembla el alma del mismo modo.

Porque ser Comunero es eso: no quedarse callado, no agachar la cabeza, no aceptar que otro decida lo que uno ya sabe que está mal.

Ser Comunero es defender al de al lado

Mire, que uno diga las cosas de frente no significa que sea bravo porque sí. Significa que uno quiere que las cosas se hagan bien. Que haya orden, respeto, derecho. Esa lógica es comunera pura.

Los antiguos Comuneros se reunieron porque sabían que solos no podían. Y así somos todavía: usted deja un carro mal parqueao en Velez y aparece alguien diciendo “¡oiga, mas atravesado que su misma iglesia!”, no por fastidiar, sino porque aquí la comunidad pesa. Aquí el vecino importa. Aquí nadie es indiferente.

Ser Comunero es saber que, si el otro está en aprietos, usted lo ayuda a levantarse. Y si a usted lo están fregando, el otro lo defiende. Así funcionó la revuelta comunera, y así funciona la vida acá cuando la comunidad está viva.

Ser Comunero es amar la libertad… pero con responsabilidad

Los Comuneros querían libertad, sí, pero no desorden. Pa’ eso somos conservadores en lo que vale: el respeto, la palabra, la ley bien aplicada, la justicia, los valores de casa. Y entre otros, la capacidad de decir “hasta aquí”.

Ser Comunero es saber que la libertad no es hacer lo que se le dé la gana. Es hacer lo correcto, aunque cueste. Es trabajar honrado, cuidar la tierra, cuidar la familia y cumplir lo que se promete.

Es ese orgullo sano que tiene la gente de cuando habla de José Antonio Galán. Esa firmeza que uno siente cuando camina por el y recuerda que ahí empezó medio país a despertar.

Ser Comunero es caminar derecho, hablar claro y vivir con verraquera

Le voy a decir algo, como lo diríamos acá sin adornos:
Si usted creció viendo a sus papás madrugar, a sus abuelos trabajar sin excusas, a sus vecinos pelear por lo justo…
usted ya es Comunero.

Si usted siente que cuando algo está mal, toca decirlo de frente…
usted es Comunero.

Si usted cree en el trabajo, en la comunidad, en la familia y en la libertad bien entendida… usted es Comunero.

Y si usted tiene ese acento firme que suena como si cada palabra viniera con carácter… pues usted es santandereano, comunero y orgulloso de serlo.

SANTANDER: HISTORIA CONTADA A LO SANTANDEREANOVea, mijo… y ponga cuidado, porque esto que le voy a decir no es carreta. ...
19/11/2025

SANTANDER: HISTORIA CONTADA A LO SANTANDEREANO

Vea, mijo… y ponga cuidado, porque esto que le voy a decir no es carreta. La historia de Santander no empezó con libros ni con doctores, empezó con esta tierra recia, caliente en unas partes, fría en otras, y con gente que nació sabiendo trabajar sin que nadie les enseñara cómo. Por consiguiente, siéntase en confianza, porque esto se lo cuento como nos gusta acá: de frente, claro y sin vueltas.

1. Lo que había antes de que a alguien se le ocurriera llamarnos “Santander”

Mucho antes de que llegaran los españoles a echar mandatos, por estas montañas ya se movía gente brava: muiscas por un lado, guanes por el otro, y más arriba chitareros y tunebas, que caminaban estas trochas como si fueran corredores del estadio.

Y ni hablar de los yariguíes, los opones y los carares, que vivían en el monte del Magdalena y no le comían cuento a nadie. Esa gente sí que era firme: sembraban lo suyo, cazaban lo que podían y, entre trueque y trueque, mantenían la palabra más seria que muchos notarios hoy en día.

De ahí, no me pregunte cómo, pero heredamos esa manía de trabajar duro, de levantarnos temprano y de resolver las cosas sin tantos rodeos. Así somos, eso no lo quita nadie.

2. Cuando llegaron los españoles: nos dieron duro, pero no nos quebraron

Ahora, pa’ qué lo niego, cuando aparecieron los españoles con sus ciudades, sus encomiendas y sus enfermedades, eso fue una desgracia pa’ la gente de acá. Pero entre todo ese desorden empezó el mestizaje, y ahí sí se armó la cosa: indígena trabajador, español terco… pues eso solo podía terminar en un santandereano: recio, pero de corazón grande.

Empezaron a formarse pueblos: Bucaramanga, Charalá, Oiba, Guane… poquito a poco, entre misa, mercado y labranza. Se levantaron haciendas donde se hacía de todo: mieles, cacao, trigo, alpargates, jamones… mejor dicho, acá cualquier cosa se producía porque la gente era más hacendosa que un motor diésel.

Y así, entre sudor y terquedad, se fue armando esta región.

3. La independencia: aquí no tragamos entero

Cuando llegó 1810, los del Socorro no fueron a preguntar qué hacer. Vieron el abuso, vieron la injusticia, y como es natural entre nosotros, no se quedaron callados. Se calentó la cosa, hubo tiros, cayeron diez paisanos… y al otro día ya estaban firmando el acta de independencia.

¿Ve por qué acá casi nadie deja que lo pisen? Eso viene de atrás. Lo llevamos en la sangre.

San Gil y Vélez también se metieron en la vuelta. Y mientras en otras partes discutían, acá se actuaba. Por lo anterior, Santander terminó siendo la cuna del federalismo, porque el santandereano es muy amigo del orden… pero no de que le manden desde lejos sin saber cómo vivimos acá.

4. El siglo XX: entre guerras, café y petróleo

Entramos al siglo XX con la Guerra de los Mil Días encima, y qué dolor lo de Palonegro… pero se salió adelante, como siempre. Volvió el comercio, se movió el café, llegó el petróleo a Barrancabermeja y eso fue una revolución.
Y mientras tanto Bucaramanga crecía como si le hubieran echado abono de primera.

La gente empezó a estudiar más, a trabajar en fábricas, a irse del campo pa’ la ciudad. Y vea usted: Floridablanca, Girón y Piedecuesta terminaron pegadas a Bucaramanga, formando este hervidero de vida que llamamos área metropolitana.

5. Y hoy… pues hoy seguimos siendo los mismos, solo que con más mundo

Esto ya es otra cosa: industrias, universidades, empresas, centros financieros. Pero ojo, lo esencial no se ha perdido. El santandereano sigue siendo:

Trabajador sin quejarse,

Amable cuando toca,

De carácter cuando es necesario,

Y orgulloso de su tierra, siempre.

Y no falta el que se emociona hablando de mute, de cabro, de arepa amarilla, de pepitoria, de hormiga culona… porque la gastronomía de aquí, entre otros, es una de las mejores del país, y el que diga lo contrario es porque no ha comido bien.

6. En resumen, mijo…

Esta tierra es brava, sí. Pero también es noble, fértil, hermosa y llena de gente que vale oro.
Aquí nadie se rinde.
Aquí se trabaja, se respeta, se ayuda al vecino y se camina de frente.
Así ha sido desde los muiscas y los guanes, hasta los de hoy que madrugan pa’ mover a Bucaramanga, a Barranca y a todo Santander.

25/10/2025

Este lugar tiene una gran importancia histórica.

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