19/11/2025
SANTANDER: HISTORIA CONTADA A LO SANTANDEREANO
Vea, mijo… y ponga cuidado, porque esto que le voy a decir no es carreta. La historia de Santander no empezó con libros ni con doctores, empezó con esta tierra recia, caliente en unas partes, fría en otras, y con gente que nació sabiendo trabajar sin que nadie les enseñara cómo. Por consiguiente, siéntase en confianza, porque esto se lo cuento como nos gusta acá: de frente, claro y sin vueltas.
1. Lo que había antes de que a alguien se le ocurriera llamarnos “Santander”
Mucho antes de que llegaran los españoles a echar mandatos, por estas montañas ya se movía gente brava: muiscas por un lado, guanes por el otro, y más arriba chitareros y tunebas, que caminaban estas trochas como si fueran corredores del estadio.
Y ni hablar de los yariguíes, los opones y los carares, que vivían en el monte del Magdalena y no le comían cuento a nadie. Esa gente sí que era firme: sembraban lo suyo, cazaban lo que podían y, entre trueque y trueque, mantenían la palabra más seria que muchos notarios hoy en día.
De ahí, no me pregunte cómo, pero heredamos esa manía de trabajar duro, de levantarnos temprano y de resolver las cosas sin tantos rodeos. Así somos, eso no lo quita nadie.
2. Cuando llegaron los españoles: nos dieron duro, pero no nos quebraron
Ahora, pa’ qué lo niego, cuando aparecieron los españoles con sus ciudades, sus encomiendas y sus enfermedades, eso fue una desgracia pa’ la gente de acá. Pero entre todo ese desorden empezó el mestizaje, y ahí sí se armó la cosa: indígena trabajador, español terco… pues eso solo podía terminar en un santandereano: recio, pero de corazón grande.
Empezaron a formarse pueblos: Bucaramanga, Charalá, Oiba, Guane… poquito a poco, entre misa, mercado y labranza. Se levantaron haciendas donde se hacía de todo: mieles, cacao, trigo, alpargates, jamones… mejor dicho, acá cualquier cosa se producía porque la gente era más hacendosa que un motor diésel.
Y así, entre sudor y terquedad, se fue armando esta región.
3. La independencia: aquí no tragamos entero
Cuando llegó 1810, los del Socorro no fueron a preguntar qué hacer. Vieron el abuso, vieron la injusticia, y como es natural entre nosotros, no se quedaron callados. Se calentó la cosa, hubo tiros, cayeron diez paisanos… y al otro día ya estaban firmando el acta de independencia.
¿Ve por qué acá casi nadie deja que lo pisen? Eso viene de atrás. Lo llevamos en la sangre.
San Gil y Vélez también se metieron en la vuelta. Y mientras en otras partes discutían, acá se actuaba. Por lo anterior, Santander terminó siendo la cuna del federalismo, porque el santandereano es muy amigo del orden… pero no de que le manden desde lejos sin saber cómo vivimos acá.
4. El siglo XX: entre guerras, café y petróleo
Entramos al siglo XX con la Guerra de los Mil Días encima, y qué dolor lo de Palonegro… pero se salió adelante, como siempre. Volvió el comercio, se movió el café, llegó el petróleo a Barrancabermeja y eso fue una revolución.
Y mientras tanto Bucaramanga crecía como si le hubieran echado abono de primera.
La gente empezó a estudiar más, a trabajar en fábricas, a irse del campo pa’ la ciudad. Y vea usted: Floridablanca, Girón y Piedecuesta terminaron pegadas a Bucaramanga, formando este hervidero de vida que llamamos área metropolitana.
5. Y hoy… pues hoy seguimos siendo los mismos, solo que con más mundo
Esto ya es otra cosa: industrias, universidades, empresas, centros financieros. Pero ojo, lo esencial no se ha perdido. El santandereano sigue siendo:
Trabajador sin quejarse,
Amable cuando toca,
De carácter cuando es necesario,
Y orgulloso de su tierra, siempre.
Y no falta el que se emociona hablando de mute, de cabro, de arepa amarilla, de pepitoria, de hormiga culona… porque la gastronomía de aquí, entre otros, es una de las mejores del país, y el que diga lo contrario es porque no ha comido bien.
6. En resumen, mijo…
Esta tierra es brava, sí. Pero también es noble, fértil, hermosa y llena de gente que vale oro.
Aquí nadie se rinde.
Aquí se trabaja, se respeta, se ayuda al vecino y se camina de frente.
Así ha sido desde los muiscas y los guanes, hasta los de hoy que madrugan pa’ mover a Bucaramanga, a Barranca y a todo Santander.