17/08/2026
Una de las grandes sorpresas de mi reciente viaje a México. Llegué a Puebla esperando encontrar una bonita ciudad colonial y me encontré con muchísimo más: una ciudad monumental, elegante y con una historia fascinante.
Puebla fue fundada por los españoles en 1531, apenas una década después de la caída de Tenochtitlan. A diferencia de otras grandes ciudades de la Nueva España, no se levantó sobre una importante población indígena anterior, sino que fue concebida como una nueva ciudad española, situada estratégicamente en la ruta que comunicaba el puerto de Veracruz con la Ciudad de México.
Su trazado urbano, sus iglesias, conventos, palacios y casas señoriales reflejan aquel origen. Con el tiempo, Puebla se convirtió en una de las ciudades más importantes y prósperas de la Nueva España, desarrollando además una personalidad propia en la que se mezclaron influencias españolas e indígenas. De esa fusión surgieron algunas de sus señas de identidad más espectaculares: la arquitectura barroca poblana, los interiores exuberantemente decorados y el omnipresente azulejo de Talavera.
La Catedral, la extraordinaria Capilla del Rosario, sus calles y fachadas de colores hacen que caminar por el centro histórico sea casi recorrer varios siglos de historia.
Quizá lo que más me sorprendió fue comprobar hasta qué punto Puebla conserva visible su pasado virreinal. Una ciudad profundamente mexicana, pero en la que la huella de sus orígenes españoles sigue formando parte inseparable de su identidad.
Desde 1987, su centro histórico forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Una ciudad que no esperaba que me impresionara tanto… y que terminó siendo uno de los grandes descubrimientos del viaje.