04/04/2026
El Maestro en el jardín del silencio
Por: Yarime Lobo Baute
Llega la Semana Santa y, con ella, una atmósfera que en nuestra tierra se siente en el aire, en el tono de las conversaciones y en ese recogimiento que nos devuelve, casi por instinto, a las aulas de nuestra formación. Para quienes crecimos bajo el amparo de la Sagrada Familia y llevamos en el ADN esa impronta franciscana del servicio sencillo, estos días no son solo una fecha en el calendario litúrgico; son una oportunidad para volver a las fuentes de lo humano.
Hay una belleza mística en el silencio que envuelve estas jornadas. Más allá de la tradición que respetamos y que nos convoca como egresadas en un abrazo de solidaridad, existe una invitación silenciosa a mirar hacia adentro. A veces, en el afán de cumplir con el rito, olvidamos que la enseñanza más poderosa de aquel hombre de Galilea no estaba en las grandes sentencias públicas, sino en los momentos de intimidad, en los gestos pequeños y en la búsqueda de una paz que no depende de las circunstancias externas.
Ese "Cristo interno" del que a veces nos hablan las lecturas más profundas, no es una figura lejana o inalcanzable. Es, en realidad, esa chispa de bondad y de conciencia que nos impulsa a dar sin esperar, a comprender sin juzgar y a encontrar la armonía en medio del caos. San Francisco nos enseñó que la verdadera alegría nace de la sencillez y de la fraternidad; y es precisamente en esa fraternidad donde descubrimos que el autoconocimiento no es un ejercicio solitario, sino un puente hacia el otro.
En estos días, el mayor acto de devoción podría ser el de la escucha. Escuchar nuestra propia voz interna, esa que suele quedar sepultada bajo el ruido del ego y de las preocupaciones diarias. Hay una sabiduría antigua que sugiere que para encontrar lo sagrado no hace falta subir a las montañas más altas, sino descender a lo profundo del corazón.
Es allí donde se libra la verdadera batalla y donde ocurre la verdadera transformación: la de convertir el rencor en perdón y la duda en una certeza serena.
Inspirarnos en la vida del Maestro es entender que la luz no se impone, se irradia. No se trata de convencer a nadie con argumentos, sino de persuadir con el ejemplo de una vida coherente. Como mujeres que valoramos nuestra historia y nuestro origen, esta semana es el escenario perfecto para cultivar ese jardín interior, para podar lo que ya no nos sirve y dejar que florezca lo más puro de nuestra esencia.
Que el recogimiento nos encuentre presentes, no solo en cuerpo, sino en alma. Que la pausa sea un bálsamo para el espíritu y que, al final de este camino de reflexión, podamos salir al encuentro del mundo con una mirada más limpia y un corazón dispuesto a seguir construyendo desde el amor. Al fin y al cabo, la paz que tanto buscamos afuera, siempre ha estado esperando, silenciosa, a que nos atrevamos a encontrarla en nuestro propio centro.