16/02/2022
"Era costumbre entre estos naturales (los muiscas) que el que había de ser sucesor y heredero del señorío o cacicazgo de su tío, a quien heredaba, había de ayunar seis años metido en una cueva que tenían dedicada y señalada para esto, y que en todo este tiempo no había de tener parte con mujeres, ni comer carne, sal ni ají y otras cosas que les vedaban; y entre ellas que durante el ayuno no habían de ver el sol, solo de noche tenían licencia para salir de la cueva y ver la luna y estrellas y recogerse antes que el sol los viese. Y cumplido este ayuno y ceremonias se metían en posesión del cacicazgo o señorío, y la primera jornada que habían de hacer era ir a la gran Laguna de Guatavita a ofrecer y sacrificar al demonio que tenían por su dios y señor (...) De esta ceremonia se tomó aquel nombre tan celebrado del Dorado, que tantas vidas ha costado".
Así describió Juan Rodríguez Freyle, en 1636, en su libro 'Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada' el origen de la ceremonia que se celebraba en la famosa laguna, y que culminaba con el ofrecimiento a las aguas verdes de todo el oro que llevaba el heredero a sus pies y en todo el cuerpo.
La laguna, que fue desaguada por los primeros conquistadores españoles, y que luego de la Independencia siguieron los ingleses, hoy es cuidada y protegida como un lugar sagrado para los indígenas actuales y del pasado, como un santuario de fauna y flora, y como un espacio donde al sentir la imponente belleza de la naturaleza aprendemos a respetar y disfrutar a la vez el patrimonio natural y el cultural.
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