04/03/2026
Cerramos el viaje como se cierran las cosas importantes: sin estridencias, con la certeza de haber recorrido lo que había que recorrer.
Empezamos en el extremo austral del continente, donde el viento no pregunta y el hielo lleva siglos desprendiéndose sin dramatismo. Lagos de un azul que desafía cualquier lógica cromática, glaciares que crujen y obligan a guardar silencio. La Patagonia no necesita explicación. Está ahí, firme, suficiente.
Después la selva. Iguazú cayendo sin tregua, el rocío subiendo espeso, el verde cerrándose alrededor de las pasarelas. Otra temperatura, otro pulso, la misma contundencia. Agua que no se administra: se impone.
Y al final, Buenos Aires.
El asfalto ordenando el mapa después de tanta naturaleza, los cafés donde la conversación se estira, la ciudad devolviendo ritmo humano tras días de viento, hielo y selva.
Sur, selva y ciudad.
Tres geografías distintas en un mismo recorrido.
Un grupo que fue encontrando su propio compás: silencio frente al glaciar, risa bajo la catarata, mesa larga en la noche porteña.
El viaje termina cuando uno regresa.
Lo vivido queda en su lugar, sin exageraciones.
Como debe ser.