25/04/2026
Mi amiga rana:
Habíamos hecho un estanque de ranas pensando en recuperar sonidos del pasado, el paisaje sonoro que muchos pudimos escuchar antes de que el desarrollo desapareciera el canto de los grillos, el trino de los pájaros, el aullido del coyote, el cacareo de las gallinas, el graznido del gavilán, el parloteo de las ardillas, el chirrido de los pericos, y claro, el croar de las ranas.
Tuve la suerte de que una vez que llenamos el estanque de lirios acuáticos las ranas lo sintieron como una invitación, e inmediatamente poblaron el pequeño territorio húmedo. En el transcurso del año ofrecen conciertos esporádicos, pero esos espectáculos no cuentan con la cantidad suficiente de ranas como para expresar la capacidad musical con la que se expresan cuando caen las primeras lluvias al iniciar la época lluviosa.
En el silencio de la noche no se oye otra cosa que el coro de ranas llenando de tonalidades las grietas hechas al silencio. No hay más ruido, la noche es serena, son las ranas y nada más. Todo alrededor es oscuridad como si uno habitara en un hueco del tiempo.
Enya lleva la batuta, siempre es ella, no importa cuántas ranas sean, todas son Enya. Así se llama, es decir, así la nombré, porque su canto se asemeja al de esa cantante irlandesa que comunica melodías suaves, extendidas y cargadas de significados distantes y trascendentes.
En fin, quería contarles sobre Enya porque ocupa un lugar especial en la diversidad que ofrece mi pequeño paraíso natural. Muchas veces la gente que visita la finquita no lo nota, es tan insignificante el canto de la rana y tan poco difundido que pasa desapercibido, incluso para algunas personas resulta perturbador. Pero, quizá es gente que no ha acondicionado el momento con el silencio y la calma de la noche. Además, con la oscuridad, cuando esta se percibe como un espacio ignoto e infinito. Si así fuera Enya sería mágica para todos, no solo para mí.