11/12/2025
TESTIMONIO DE UN EXTRABAJADOR DE MATADERO
Hola, mi nombre es Jean Franco, soy un ex trabajador del matadero “La Pesa”, Colombia. Comencé a trabajar con 19 años. Al llegar, un trabajador comenzó a enseñarme las instalaciones, las “herramientas” de trabajo, el puesto que debía ocupar en el “procesamiento". Comencé a sentir un poco de malestar, el aire tomó peso en el ambiente, era como... Dios, no encuentro palabras, muy difícil hasta de respirar, y el olor es particularmente difícil de olvidar, se te incrusta en la nariz como un perfume de olor duradero.
Estando allí, comencé a familiarizarme con palabras, por ejemplo le llamaban “sacrificio” o “sacrificar” a la palabra matar, porque eso era, matar. Vieran por donde lo vieran, siempre nos daban otras palabras para las que yo ya conocía como palabras correctas para referirnos a algo. De igual forma, nunca lo cuestioné.
Comencé como un descargador de “productos” cárnicos, nos dieron un uniforme blanco, parecía como vestimenta de hospital solo que literalmente yo tenía media res en mi hombro, pero ellos le llamaban “producto”. Los descargaba al camión que nos esperaba entre el cubículo de procesamiento y más atrás la “faena", otro nombre curioso que conocí ahí. Yo los distribuía a los almacenes que compraban los “productos”, los que actualmente seguimos conociendo como carnicerías, ellos eran los que compraban los cárnicos directamente al matadero, pero jamás iban al matadero, esta gente se le podía ver el “susto” o la impresión al ver tantos animales asesinados en los catálogos, que jamás pusieron un solo pie ahí en los años que duré trabajando en el matadero, así que la modalidad de ellos era negociar en lugares “refinados” o los hacían en otros lugares como en las Exposiciones - Ganaderas.
Algo que noté en ese momento, era la hora en que nos ponían a descargar los productos cárnicos, y era tipo 1 am / 2 am de la madrugada. Yo tarde unos meses para entender por qué a esa hora lo teníamos qué hacer, entonces lo entendí luego de ver mi uniforme blanco pasar a un profundo color rojo, y era más que obvio: el matadero no quería que la gente viera eso, mantenían su “tranquilidad” intacta y parecía funcionar, pues la gente no se daba de lo que hacíamos y por ende seguían en paz, tanto así que llegaban a la carnicería como si creyeran que la carne caía del cielo.
Luego de unos 6 años como descargador, el gerente de La Pesa, me ofreció ocupar el puesto de un faenador. Me entregaron las “herramientas” de trabajo, y recuerdo a otro empleado decirme, ponte los audífonos y olvídate de la realidad. Ahora mi uniforme tenía un delantal largo amarillo y un cinturón con varios enormes cuchillos, había pasado de descargador de mu***os a ser el que los mataba. Pese a que yo no era quien daba el “tiro de gracia”, era el que tenía que degollar el cuello del animal que le habían disparado en la sien con una pi***la de aire toda oxidada, los animales llegaban a mí amarrados de una cadena que estaba atada a una de sus patas traseras. Venían agonizando pero aún conscientea hacia mí, muchas de ellas aún con vida, muchos de ello ya las había visto en esas EXPOSICIONES - GANADERAS donde los trataban como reyes frente al público y sentí su traición al verlos llegar colgadas agonizando, otras aún mucho más terribles, ¡llegaban embarazadas! Y les abrían el vientre con el cuchillo más grande y filoso que había y colgadas de su pata trasera agonizando, podían ver cómo caía su bebé al suelo. El ruido era tan brutal que lograba penetrar mis poderosos audífonos aisladores de sonido, el miedo de ellas, el desespero de ellas, el extremo terror de esos animales de no querer entrar a morir, porque sabían lo que les iba a pasar, no eran estúpidos como todos creen, ellos estaban conscientes de todo lo que les hacíamos y luchaban hasta lo último por escapar. Se “sacrificaban" más de 250 cabezas de ganado al día, calculen todo lo que gané en ese terrible lugar. Eso me arrebató mi dignidad, sentí que era el peor ser humano.
Pero llegué al punto del daño psicológico, comencé a tener pesadillas, el lamento de los animales no podía sacarlo de mi cabeza, tenía el olor a muerte encima todo el tiempo por más que me lavara el cuerpo, comencé a ser violento, a sentir odio, tristeza, dejé de comer por ver y entender que eso estaba mal.
Antes de renunciar y retirarme de ese in****no, porque eso es, el in****no y ¡sí existe! Con terrible brutalidad disfrazadas en cuerpos humanos.
Ninguna necesidad podía llevarnos a destinos que luego íbamos a lamentar de por vida. Entonces se me ocurrió reunir a varios compañeros y les pedí que vinieran conmigo y juntos hiciéramos otra cosa que no fuera esto, pero ellos me miraban desentendidos de la situación, ya se habían acostumbrado a hacer eso, a normalizar la violencia. Sólo uno de ellos aceptó. Fue ahí cuando comprendí que en ese lugar existen dos tipos de seres humanos, los que la conciencia les funciona para actuar correctamente y los que no (desgraciadamente a los que no, por todo lo que vi estando en ese sector, vi en sus ojos odio, rencor, sevicia, y hasta disfrute, pues muchos lo hacían como si fuera un hobby)
Cada día pienso que si algo malo me va a suceder, lo voy a afrontar como un hombre, pues nada en el mundo podrá remediar todo lo que hice en mi pasado.
Las industrias de la muerte, se dedican a fomentar el as*****to, a destruir el espíritu de sus empleados para poderlos manipular, pero sobre todo, son expertos en ocultar la realidad a las personas para que sigan apoyando esto, de lo que yo logré salir.