16/07/2025
Decían los viejos que el Monte Santa Trega, allá en lo alto de A Guarda, no era un lugar cualquiera. Allí, donde el mar se junta con el río Miño y la niebla se enrosca entre los pinos como un espíritu antiguo, se levantaban las ruinas de un castro celta, vestigios de un pueblo anterior a los romanos, anterior incluso a la memoria.
Y hasta allí subían algunos peregrinos, no por mandato, sino por intuición.
Uno de ellos era Inés, una joven de Salamanca que caminaba sola hacia Santiago. No por devoción religiosa —al menos no como la Iglesia la enseñaba—, sino por una promesa hecha a su abuela, que le hablaba de las tierras del norte como si fueran sagradas, lugares donde el alma podía escuchar su voz verdadera.
La mañana en que llegó a A Guarda, los lugareños le ofrecieron pan y algo de pescado. Ella preguntó si el monte era seguro.
—El monte no hace daño, hija —respondió una anciana—. Pero no subas de noche. Ahí habita la luz.
—¿La luz?
—Una luz que se mueve entre las piedras. Dicen que es el alma de una mujer celta que aún espera a su amado. Otros dicen que guía a los que se han perdido. Pero nunca ha hecho mal. Solo... elige a quién mostrarse.
Intrigada, Inés subió al Monte Santa Trega al atardecer, cuando el viento olía a mar y el sol teñía el cielo de cobre. El camino era empinado, pero el aire puro y vibrante. Al llegar a la cima, encontró el castro: las ruinas de viviendas circulares, las piedras cubiertas de líquenes, y el silencio, espeso, como si el mundo estuviera conteniendo el aliento.
Inés se sentó junto a una piedra tallada con signos antiguos. Sacó el rosario de su abuela y lo sostuvo entre los dedos.
—Estoy aquí, abuela —susurró.
Fue entonces cuando la vio.
Una luz dorada, flotando entre las casas derruidas. No era un farol, ni fuego fatuo. No tenía forma, pero era suave, cálida. Y no daba miedo. Se movía lentamente, como si danzara. Inés, en vez de huir, se levantó y la siguió. La luz la guió hasta un pequeño altar de piedra, cubierto de musgo. Allí, en el centro, había una vieja co**ha de vieira, rota, como dejada a propósito.
Inés se arrodilló.
Sintió que algo dentro de ella se abría. Lloró. No supo por qué. No lo entendió con la mente, pero sí con el alma. Como si el monte le hablara en el idioma que solo las almas heridas pueden comprender.
Cuando se hizo de noche, la luz desapareció. Inés bajó en silencio, sin tropezar, como si conociera el camino de toda la vida.
Días después, cuando llegó al Monasterio de Oia, un monje le preguntó por qué llevaba una co**ha rota colgada al pecho.
—Me la regaló el monte —respondió—. Y me mostró mi fe, aunque no la conocía.
(Este relato mezcla historia, paisaje y emoción, con toques místicos propios del Camino).
Espero que te guste, no deja de ser al fin y al cabo un relato.