07/05/2025
Que nadie subestime el Mediterráneo, he visto navegantes besando el muelle de Cabo de Palos después de intentar cruzar el cabo con levante duro, uno de ellos me llegó a confesar que pensó que el barco se le partía en dos. Pero los dioses han querido prepararme una placentera bienvenida -sinceramente, creo que me lo merezco-, han querido que disfrute de este paseo primaveral sobre las aguas en las que me he criado, para que no olvide de donde vengo y por qué me gusta tanto este mar. Por el momento, tengo el placer de decir que no he conocido mar tan grandioso como el Mediterráneo, tan pacífico y noble como cruel e implacable. Cualquiera diría que es bipolar pero, esa bipolaridad es lo que lo hace tan especial.
En este último tramo, sin tener que tomar decisiones difíciles, sin argucias psicológicas para mantener la moral ó la presión de racionar el esfuerzo al que tienes que someter las velas porque no estás seguro de que te vayan a permitir llegar, es momento de hacer una evaluación general de todo el viaje y un ejercicio de autocrítica.
Hace unos días, llegando al estrecho, en una conversación por mail, un amigo y gran navegante me preguntaba si volvería a hacer este viaje, a lo que le respondí sin dudarlo que si. Fernando de Noronha, Isla Grande, Puerto Madryn, Patagonia, Tierra del fuego, lugares donde la vida salvaje te sorprende cada día, donde la naturaleza llega a ser abrumadora y su belleza insultante, lugares donde el verdadero atractivo radica en el propio salvajismo del lugar y su climatología. Y por supuesto, ese lugar que alberga todo lo anteriormente mencionado, tan sensible y delicado como duro e inhóspito, uno de esos pocos sitios en el mundo donde la duración de tu visita no depende ti, sino que la determinará el propio lugar a su antojo. Sin duda, la Antártida es y será el reino de mis sueños, con el que tengo una cuenta pendiente.
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