22/10/2026
Fugarse por los paisajes infinitos, dejarse acunar por los panoramas que se tuestan despacito al fuego lento del otoño. Escuchar la respiración del mundo que despierta de nuevo, el crepitar incesante de decenas de petirrojos, el leve murmullo del viento en las hojas que se despiden y vuelan. Vislumbrar los tímidos pasos del tiempo alrededor. Dejarse llevar por lo que cuenta la Tierra a quien quiera escucharla.
Pastorear emociones en los prados verdes de la conciencia propia. Entender lo de ahí fuera para interpretar lo de aquí dentro. Mimetizarse con el bosque para que no se note nuestra presencia, para que todo pase como si no estuviéramos, para ver lo que pasa cuando no estamos, para comprender lo que pasará cuando no estemos.
Penetrar en lo casi invisible, en lo no evidente. Captar de nuevo las señales y los avisos, distinguir la música del mundo, oír los poemas que el bosque dicta y transcribirlos.
Buscar caminos en los perfiles difusos del futuro que acecha.
Y meterse un poco más adentro de lo de afuera. Hacer de lo que pisas tu patria y tu bandera. Hasta el último chispazo de vida, estar con la vida. Y después, ser árbol y hojarasca.
Amor eterno por el paisaje. Por guapo. Por sincero. Por poeta.
No llegar tarde al convite del otoño, ante todo.
©️Juan Goñi
«Pertenezco al otoño. Y en otoño me hablan todas las cosas que he perdido».
_(NinaEin, Twitter)_
Foto: Malerreka, , . Por Ángel Villalba Fonfria.