26/04/2026
Dejamos atrás las majestuosidades de la Costa Brava gerundense, al cabo de un centenar largo de sufridos kilómetros siguiendo los tradicionales Caminos de Ronda; antaño delimitados para vigilar el contrabando transfronterizo por mar y tierra en los difíciles tiempos de la postguerra. Nos habían comentado que la zona era en especial muy bonita, y también muy salvaje, pese a la alta ocupación urbanística que padece, tal que nuestra sorpresa fue mayúscula. Hemos regresado de allí completamente extasiados; después de ver caer a los Pirineos junto al extremo más oriental de la península, en el desolado Cap de Creus, y patear sin tregua al borde de los acantilados de granito rojo, bajo fragantes pinedas, descubriendo los insondables paisajes que demolió el oleaje del Mar Mediterráneo procedentes de aquellos orogénicos magmas que se petrificaron en las profundidades de la tierra. La fuerza de la tramontana pulimentó y perfeccionó los resultados. Toda esta magnificencia daría para seguir caminando y escribiendo muchísimo más.