18/04/2026
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Gallaecia no fue solo un rincón del Imperio: fue despensa fértil y vientre mineral de donde Imperio romano extrajo riqueza para alimentar su grandeza. De nuestras tierras buscaban el oro que brillaba como sol atrapado bajo la roca, y el estaño, metal antiguo que ya conocían los pueblos del Atlántico mucho antes de que llegaran las águilas romanas. Y cuando Roma deseaba algo, removía montes, ríos y almas hasta conseguirlo. Aquí hallaron abundancia… también de brazos obligados a trabajar la tierra herida.
Una de las huellas más asombrosas de aquella ambición sigue viva en Túnel de Montefurado. En las entrañas del río Sil, perforaron una montaña entera para torcer el curso del río y arrancarle el oro escondido en sus aguas. Donde antes mandaban los espíritus del monte y la corriente, entró el hierro de Roma.
También Os Ancares y O Courel sintieron el peso de esa codicia. No hubo valle cubierto de niebla ni ladera sagrada que escapase a su mirada. Allí donde los antiguos levantaban castros y escuchaban a los dioses del bosque, los romanos abrieron zanjas, horadaron minas y trazaron canales como cicatrices sobre la piel de la tierra.
Aún hoy, quien camina despacio por esas sierras puede ver las marcas del pasado: cortes imposibles en la montaña, galerías dormidas, cauces que no nacieron solos. Son heridas viejas, sí, pero también memoria. Porque bajo cada piedra de Gallaecia todavía murmuran los ancestros, recordando que hubo un tiempo en que hasta los montes tuvieron que resistir.
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