09/08/2026
Siempre que me encontraba con el maestro Pepe Habichuela en Casa Patas, en el Candela, o por las calles aledañas, tenia la sensación de que su mirada radiante, acompañada de un esbozo de sonrisa, me invitaba a entrar en el círculo selecto de su compañía. Eran los años en que Juan Perro andaba asimilando sones afrocubanos y todavía no era capaz de llevar las palmas a compás sin hacer cuentas. Estaba aprendiendo a cantar sobre las claves de son y de rumba, pero la gracia del compás flamenco no se había derramado sobre mi cabeza. Para acercarme a ella con timidez, tuve que hacer un curioso rodeo: por el rock y el soul en inglés, primero; por la rítmica de Cuba, después, qué cosas.
Tal vez por eso Pepe Habichuela me lanzaba señas, para que me acercase y tomase de una vez el sendero correcto. Alguna madrugada en Casa Patas me hizo sentar junto a él mientras tocaba para unos pocos. Yo había experimentado desde el público la vibración profunda de su instrumento, pero tenerlo al costado era otra cosa, como impregnarse de una sustancia destilada desde muy antiguo. Yo le gastaba siempre la misma broma: «Pepe, tú eres un flamenco heavy metal». Él se reía, la cosa estaba mal explicada, pero creo que me entendía. Me refería al hecho de que sus cuerdas alcanzaban frecuencias eléctricas, desde la prima al bordón: destellos agudos en el espacio circundante y profundidad rugiente, como de un barranco de la serranía. Todo aficionado sabe que su sonido era especial. A la vez que flamenco puro, Pepe era un hombre moderno, de su tiempo. El compañero ideal para despegar en el vuelo de la innovación junto a Morente.
Una vez me pasaron una guitarra sentado a su lado y me tocó poner con la mayor torpeza los acordes de un par de canciones de «Raíces al viento», mientras él improvisaba falsetas sin dejar de sonreír. Alguna noche le acompañé en taxi hasta cerca de su domicilio, que estaba junto a la Casa de Campo, por Campamento. Con Pepe no importaba el tema de conversación, se trataba de estar relajado y punto, de saber estar. A ser no se aprende, se es o no se es, pero a estar se aprende. Si te lo encontrabas acodado a la barra de Casa Patas o del Candela, sus comentarios escuetos acerca de la vida, de la actualidad o de la clientela, sus advertencias a los flamenquitos y flamenquitas que cruzaban de la entrada al baño o viceversa, eran de un humor agudo con semblante serio, que solo el brillo risueño de sus ojos delataba.
Una día Enrique Morente me pidió que les acompañara, junto con Pepe y con su hermano Juan –el trío perfecto–, a un concierto en la Universidad de Málaga, y que redactase una presentación para el evento. Mientras estaba leyendo en el escenario, los Carmona aguardaban escuchando desde bambalinas, guitarras en mano. Conforme yo me estaba yendo más bien hacia los cerros de Úbeda –por merecer la atención del público universitario–, Pepe empezó a pulsar con suavidad su guitarra, produciendo un hermoso rumor aprendido de las fuentes de la Alhambra, como si quisiera poner banda sonora al sesudo texto, indicando de paso que no convenía hacerlo demasiado largo.
Aquella noche la pasamos entera en una reunión privada de cabales que se prolongó hasta más allá del alba. Yo, sentado junto a Enrique, que solo paraba de cantar de cuando en cuando para ceder el verso a un fandanguero local tremendo; y frente a nosotros los dos hermanos Carmona desplegando un tesoro de matices como no había escuchado nunca, desde el vigoroso toque de Pepe soltando chispazos, hasta la delicadeza de Juan para poner el sentimiento justo en cada melodia. Igual que ellos dos, Enrique dio esa noche lo mejor de sí mismo. Me hicieron el regalo de la música más alta. A media mañana, en el patio del hotelito que compartíamos cerca de El Palo, me dijeron que tiraban para Grazalema –o no sé si para Ubrique–, y que si quería irme con ellos. Nunca me perdonaré el no haberme saltado mis obligaciones con flamencura recién aprendida.
Pero no olvido tu lección, Pepe Habichuela: saber estar, compás preciso y sonido puro.