17/09/2026
De +121 °C al sol a –157 °C en la sombra. Sin aire, sin un “arriba” y un “abajo” evidentes y con partículas diminutas viajando a velocidades orbitales. Trabajar fuera de la Estación Espacial Internacional tiene poco de paseo.
El pasado 1 de septiembre, Jessica Meir, de la NASA, y Sophie Adenot, de la ESA, protagonizaron una caminata espacial íntegramente femenina de 6 horas y 49 minutos. Durante la salida sustituyeron equipos, instalaron conexiones y prepararon instrumental científico para futuras tareas de mantenimiento.
Desde fuera, verlas flotar puede parecer casi tranquilo. La realidad es muy distinta. La EEI completa una órbita aproximadamente cada 90 minutos, por lo que los astronautas pasan continuamente de la luz a la oscuridad, con cambios térmicos extremos y un contraste brutal entre el resplandor del Sol y las zonas en sombra.
Moverse tampoco funciona como en la Tierra. Si un astronauta comienza a girar, no hay aire que lo frene ni sirve intentar “nadar” para corregir la trayectoria. Por eso trabajan sujetos mediante líneas de seguridad y puntos de anclaje. Y, sin la gravedad como referencia habitual, incluso orientarse puede resultar desconcertante.
El traje que llevan es, en realidad, una pequeña nave espacial: mantiene la presión, proporciona oxígeno y regula la temperatura. Esa misma presión hace que doblar los dedos o mover los brazos requiera mucho esfuerzo. Y durante horas no hay pausas: rascarse la cara es prácticamente imposible y llevan una prenda absorbente bajo el traje.
Tampoco hay sonido en el vacío. Lo que escuchan son su propia respiración, los sistemas del traje y las comunicaciones por radio.
Y queda uno de los riesgos menos visibles: pequeños fragmentos de basura espacial pueden desplazarse a velocidades cercanas a 28.000 km/h. A esa velocidad, hasta una partícula diminuta puede convertirse en un proyectil.
Salir al espacio nunca ha sido simplemente flotar. Es aprender a trabajar en un entorno en el que el cuerpo humano, por sí solo, no podría sobrevivir.