17/03/2021
HOY HACE 24 AÑOS...
Sí… hoy hace ya 24 años exactos desde que recibí a mi primer grupo de turistas, un 17 de marzo de 1997.
Golpeaba con fuerza la primavera en las puertas del invierno para cogerlo por los “hielos” y expulsarlo hasta la próxima.
Recuerdo que esperaba, sentado e inquieto, en un murete de la plaza de San Francisco. Me acompañaba mi experto compañero José María Ortega de la Cruz, que expelía constantemente conocimiento y humor a partes iguales.
Como podéis imaginar, me encontraba considerablemente nervioso. Yo ya había hecho visitas de Ronda con anterioridad para niños de diversos colegios españoles, pero esta era mi primera visita como verdadero profesional para un grupo de extranjeros y, además, cobraría mi primer salario como tal.
El grupo era un “charabán” (grupo en varios idiomas compuesto por clientes que compran la excursión en su hotel), proveniente de la Costa del Sol. Comenzábamos a las 11h. Mi compañero no me conocía demasiado bien pero sí conocía, y mucho, a mi padre, Antonio Naranjo (Antonio “el alemán”), pues éste se dedicó a guiar turistas en nuestra ciudad a finales de los años 60 y principios de los 70.
Pasaban ya unos minutos de la hora fijada cuando llegó finalmente el autobús. Un sudorcillo frío empezó a bajarme por la frente mientras yo miraba al suelo tímidamente y veía como aquellas piernas blancas como la nieve, terminadas en esas maravillosas sandalias de cuero rellenas de mullidos calcetines blancos se posaban, como palomas, en el suelo cercano a la puerta de Almocábar.
Se bajó del bus el jefe de excursión, el “guía correo”, el que se convertiría, con el tiempo, en mi admirado y querido compañero y maestro, José Luis Jiménez, QPD, hombre experto en Turismo y conocedor certero de 6 idiomas. Con su peculiar voz de brigada de la Legión en la reserva me preguntó… “niño… ¿tú eres el que te vas a llegar a los ingleses?”, a lo que respondí casi inaudiblemente ¨sí, sí… yo”. Hubo un momento en que creí que me encontraba, de nuevo, prestando el servicio militar y el citado brigada se encontraba repartiendo el trabajo a primera hora de la mañana, como durante meses, después del desayuno marcial. Me percataba dolorosa y significativamente de mi inexperiencia, máxime viéndome entre dos gigantes entre los guías, pero intentaba encarecidamente aparentar, tal vez sin éxito, aquella tranquilidad con que el paso inexorable de los años te va galardonando.
Me presenté ante el grupo mirándole a todos a los ojos y comencé mis explicaciones. Palabra a palabra, paso a paso, sonrisa a sonrisa, llegamos, por último, al impresionante edificio de la plaza de toros donde, después de la correspondiente exposición, me despedí de ellos con un “hasta siempre que ustedes quieran, están todos invitados a volver cuando les plazca”.
Creo que estos clientes quedaron contentos, al menos esa fue mi impresión. Tal vez no fue la visita de mi vida pero, desde luego, permanecerá por siempre en mi recuerdo, como permanecerá siempre el de las personas que me empujaron firmemente para subir esa empinada cuesta hasta llegar al éxito que supone ser un buen profesional, principalmente el de mi padre.
Me siento inmensamente orgulloso de ser humilde exégeta de las piedras de Ronda; de haber llevado a cabo miles de visitas de mi pueblo y morirme de ganas por comenzar la siguiente; de haber intentado poner esa semilla de “rondeño en prácticas” a todas las personas que se encontraron conmigo para que les mostrara el camino en nuestra Historia.
¡Gracias!