31/05/2026
Recorriendo el altiplano marquense nos encontramos con Rosita y sus dos hijos, entre surcos de tierra y manos llenas de papas.
Su escena se repite en cientos de hogares: familias que, con el sol en la frente y el corazón en la tierra, cultivan con esfuerzo y dedicación lo que luego llega a nuestra mesa.
Gracias a ellos, la naturaleza nos regala su abundancia y el trabajo del campo se vuelve vida, sustento y esperanza.
A Rosita, a sus hijos y a todas las familias que siembran con amor: gracias por sostenernos con cada cosecha.