28/06/2026
El bajo de la cumbia me retumbaba hasta en los huesos. El Wateke apestaba a cerveza caliente, humo y sudor viejo. Mi vestido de animal print se me pegaba a las curvas mientras caminaba entre las mesas. Entonces lo vi: un albañil bien macizo recargado en la barra, playera blanca de cemento, brazos marcados por la chinga diaria. Se estaba empinando una caguama, pero cada movimiento mío le hacía tragar saliva.
No le di chance a pensarlo. Me acerqué, le clavé las uñas rojas en el pecho y le susurré al oído:
—Jálate pa’ arriba, ca**ón.
Lo agarré de la playera sudada y lo arrastré por las escaleras del segundo piso. Subía tropezando con sus botas de jale, sin poner resistencia. En la barra de arriba le aventé ochenta pesos a Alejandra.
—Privado, güera. Y un condón.
Me pasó la llave y el pr********vo sin preguntar. Empujé la puerta astillada, lo aventé contra el sillón de vinil roto y me le trepé. El cuarto olía a humedad y a s**o viejo. El chacal apestaba a sudor de tres días de obra. Ese olor me prendió hasta el alma.
Le arranqué la playera. Le desabroché el pantalón y me hincé frente a él como becerra recién nacida. Le bajé todo hasta las rodillas y solo le dejé la trusa blanca, toda gomeada y con esa mancha amarillenta que olía a nepe fuerte, a v***a sudada y encerrada. Me acerqué y la olí como si fuera un ramo de rosas. El olor me entró directo a la cabeza. Me puse perra en celo, lista para que ese macho me empinara y me cogiera hasta dejarme cojeando.
Pero el ca**ón me detuvo.
—Espera… quiero probar algo nuevo. Quiero que me pases tu cabeza entre mis nalguitas.
Me quedé mirándolo un segundo y sonreí como la regia que soy.
—Como quieras, papacito.