30/06/2026
Ayer volví a subirme al metro después de casi veinte años.
La última vez fue cuando iba a la universidad. Desde entonces, mi vida tomó otros caminos. No porque viajara con chofer, ni porque no quisiera volver a usarlo. Simplemente crecí en Cuautla, un lugar donde no hay metro, Suburbano o Metrobús. Allá las distancias son pequeñas. Si algo está “lejísimos”, haces unos veinte minutos en coche. Y si no tienes coche, están las combis.
Ayer, por el desfile del Pride, muchas calles estaban cerradas y terminamos recorriendo la ciudad en metro, Suburbano y caminando muchísimo. Yo iba feliz con mi paraguas del Doctor Simi, viendo todo con ojos de turista.
Y la verdad… me encantó.
Pero hubo un momento en el que dejé de mirar las estaciones y empecé a mirar a las personas.
Mientras para mí era una aventura, para quienes iban a mi lado era parte de su rutina. Ahí iban estudiantes, mamás, trabajadores, personas con sueño, con prisa, con preocupaciones, con la esperanza de llegar a casa después de un día largo.
Pensé en todo el esfuerzo que, muchas veces, no vemos.
En las horas que tantas personas invierten todos los días para sacar adelante a su familia. En quienes se levantan antes de que amanezca y regresan cuando ya oscureció. En quienes hacen de esos trayectos parte de su vida sin quejarse, simplemente porque hay que seguir.
A veces necesitamos salir de nuestra rutina para comprender la de alguien más.
Y creo que eso también es hacer comunidad.
Gracias, Ciudad de México, por recordarme que detrás de cada asiento ocupado hay una historia, un sueño, un cansancio y una vida que merece ser mirada con respeto.
Ojalá nunca perdamos la capacidad de sorprendernos, pero, sobre todo, la capacidad de reconocer el esfuerzo silencioso de los demás.
Porque cuando aprendemos a mirar con empatía, dejamos de ver multitudes… y empezamos a ver personas. 🩷