20/03/2026
En la noble Villa de , donde las campanas suspiran entre neblinas serranas y la memoria guarda ecos de antiguas solemnidades, el pueblo se reviste de júbilo para celebrar el sagrado bullicio del Carnaval. No es ya la severidad del templo ni el recogimiento del día ordinario lo que impera, sino el dulce arrebato de la música, la risa y la máscara, que, cual velo piadoso, concede a los corazones licencia de mostrarse en su más festiva verdad. Así, entre guirnaldas, sones y regocijos, el Honorable Ayuntamiento convoca a la comunidad a contemplar a las doncellas que, con dignidad y gracia, aspiran a ceñirse la corona efímera y luminosa de Reina del Carnaval de Dos mil veintiséis.
Y ved aquí, como si de un lienzo costumbrista se tratase, desfilar los nombres que el pueblo murmura con estima: Samantha Castañeda, cuyo porte evoca la firmeza de los laureles; América Anastacio, que en su nombre lleva el eco vasto de la tierra; Danna Márquez, de semblante sereno cual aurora temprana; Ana Sofía Mendoza, en quien la elegancia parece brotar con natural decoro; Naydelin Caro, dulce como el canto de los patios en flor; Ingrid Romero, de mirada que sugiere hondas historias; y Evelyn Murrieta, cuyo andar parece acompasarse con la música del festejo. Cada una, distinta y luminosa, es reflejo de una virtud que el pueblo reconoce como suya.
No se trata, empero, de vana competencia, sino de un acto de comunión en el que la tradición se renueva y el espíritu colectivo se fortalece. Pues en cada sonrisa, en cada paso y en cada gesto de estas jóvenes, se cifra la alegría de , su identidad tejida por generaciones y su riqueza cultural que no se disipa en el tiempo, sino que se afirma en la fiesta. Y así, entre coronas simbólicas y vítores sinceros, el Carnaval se erige no sólo como celebración, sino como testimonio vivo del alma de un pueblo que, aun en el bullicio, sabe recordar quién es y de dónde viene.