16/08/2026
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Cinco días después de quedar atrapado bajo una roca de unos 360 kilos, Aron Ralston talló tres cosas en la pared del cañón:
su nombre, su fecha de nacimiento y la fecha en que creía que iba a morir.
Pensaba que aquello sería lo último que quedaría de él.
El 26 de abril de 2003, Ralston tenía 27 años y exploraba solo el remoto Bluejohn Canyon, en Utah.
Era un montañista experimentado y estaba acostumbrado a internarse en lugares aislados.
Pero aquella vez había cometido un error decisivo.
No le había dicho a nadie exactamente adónde iba.
Mientras avanzaba por una estrecha sección del cañón, una enorme roca se desprendió y cayó con él.
Su brazo derecho quedó atrapado contra la pared.
Intentó mover la roca.
Utilizó cuerdas y equipo de escalada para construir sistemas de poleas.
Golpeó y raspó la piedra con la pequeña herramienta multiusos que llevaba.
Nada funcionó.
La roca no se movía.
Pasó una noche.
Luego otra.
Su comida desapareció.
El agua comenzó a agotarse.
Y nadie llegaba porque nadie sabía dónde buscarlo.
Ralston utilizó su cámara de video para grabar mensajes destinados a su familia.
Habló con sus padres.
Con su hermana.
Se despidió.
Después utilizó su cuchillo para dejar su propio epitafio en la piedra.
Estaba convencido de que moriría allí.
Durante su última noche ocurrió algo que posteriormente describiría como uno de los momentos decisivos de su supervivencia.
Débil, deshidratado y entrando y saliendo de estados de conciencia, tuvo una visión.
Se vio a sí mismo años después.
Le faltaba parte del brazo derecho, pero estaba jugando con un niño pequeño.
Para Ralston aquello significó una sola cosa:
si podía verse en un futuro que todavía no había ocurrido, entonces quizá no iba a morir en aquel cañón.
A la mañana siguiente encontró una posibilidad que hasta entonces parecía imposible.
Comprendió que podía utilizar el peso de su propio cuerpo para fracturar los huesos del brazo atrapado.
Lo hizo.
Después utilizó la pequeña hoja de su herramienta para amputarse el brazo derecho por debajo del codo.
Habían pasado 127 horas desde que la roca cayó.
Pero todavía no estaba a salvo.
Ralston salió del cañón, realizó un rápel de unos 20 metros utilizando un solo brazo y comenzó a caminar por el desierto.
Estaba gravemente deshidratado y había perdido mucha sangre.
Finalmente encontró a una familia de excursionistas neerlandeses.
Le dieron agua.
Pidieron ayuda.
Poco después, un helicóptero lo encontró y lo llevó a un hospital.
La historia podría haber terminado allí.
No lo hizo.
Ralston regresó a las montañas.
Con una prótesis continuó escalando y terminó convirtiéndose en la primera persona en completar en solitario y durante el invierno todas las cumbres de más de 14.000 pies de Colorado que formaban parte de su proyecto.
Escribió Between a Rock and a Hard Place, y su experiencia inspiró posteriormente la película 127 Hours.
Pero hubo otra parte de aquella historia que tardó años en completarse.
En 2010 nació su hijo.
Ralston recordaría posteriormente al pequeño que había visto durante aquella noche en el cañón.
Siete años antes había grabado su despedida, tallado su propia fecha de muerte y aceptado que jamás saldría de allí.
Sin embargo, lo que creyó que sería su epitafio terminó quedando en la pared como testimonio del momento en que estuvo convencido de que su historia había terminado.
Y todavía le quedaba toda una vida por vivir.