04/08/2026
Guadalupe Sauceda Soto
12 de diciembre de 1940 – 31 de julio de 2018
Nacido el 12 de diciembre de 1940 en San José del Rancho, Tamazula, Durango, Don Guadalupe Sauceda Soto fue un hombre de profundas raíces campesinas, cuya vida estuvo marcada por el trabajo, la honestidad y el amor incondicional por su familia.
Con el paso de los años llegó a El Tecomate, donde encontró un lugar para construir su hogar y escribir la mayor parte de su historia. Como ejidatario, dedicó su vida a la agricultura, haciendo de la tierra no solo su fuente de sustento, sino una verdadera vocación. Cada amanecer representaba una nueva oportunidad para sembrar, cosechar y enseñar con el ejemplo que el trabajo digno siempre da frutos. Durante su juventud también formó parte de la Defensa Nacional, experiencia que fortaleció aún más su carácter, disciplina y compromiso.
Junto a su esposa, Guadalupe Quintero López, formó una familia basada en el amor, el respeto y los valores, procreando cinco hijos, quienes fueron siempre el mayor motivo de su esfuerzo y dedicación.
Amaba profundamente la naturaleza. La agricultura era su mayor pasión, pero también encontraba alegría en la pesca, la cacería y el béisbol, actividades que disfrutaba compartir con familiares y amigos. Su mesa siempre reflejaba el gusto por la comida tradicional: carne asada, mariscos, tostadas, enchiladas, quesadillas, capirotada y una buena taza de café formaban parte de los sencillos placeres que daban sabor a sus días.
Era fácil imaginarlo en una de esas tranquilas mañanas, sentado de pierna cruzada, con un cigarro entre los dedos, una taza de café negro humeante a un lado y el ejemplar de El Debate abierto entre sus manos. Leía cada página con calma, disfrutando el momento como solo saben hacerlo quienes han aprendido a valorar las pequeñas cosas de la vida.
Y si había algo que rara vez faltaba en su figura, era su sombrero ranchero. Lo llevaba para protegerse del sol durante las largas jornadas de trabajo en el campo, pero también porque representaba parte de su identidad. Parecía entender que el sombrero no era solo una prenda, sino el símbolo de un hombre de trabajo, de palabra y de raíces firmes. Quienes lo conocieron difícilmente podrían recordarlo sin él.
Entre los recuerdos que más perduran están las historias de sus jornadas de cacería. Con una paciencia admirable podía permanecer durante horas sobre la rama de un árbol, observando en silencio y esperando el momento preciso para avistar un venado. No lo hacía por deporte, sino con un propósito muy claro: llevar alimento y sustento a su familia.
Pero, como él mismo decía, muchas veces lo mejor no era la carne, sino la historia que nacía después de la jornada. Al caer la noche, alrededor del fuego, mientras un pedazo de la presa recién cazada se asaba entre las brasas, comenzaban los relatos de lo vivido. Sus hermanos y compañeros de arreadas guardaban silencio, atentos a cada palabra, reviviendo entre risas, emoción y asombro las aventuras del monte, los rastros encontrados, las largas caminatas y las experiencias que solo quienes conocieron la sierra podían comprender. Aquellos momentos no solo alimentaban el cuerpo; alimentaban la memoria y fortalecían los lazos familiares que perdurarían para siempre.
Su vida también estuvo llena de anécdotas que hoy siguen arrancando sonrisas. En una ocasión, cuando la familia apenas tenía su primer televisor en blanco y negro, Don Guadalupe se encontraba viendo una película y, vencido por el cansancio, se quedó profundamente dormido. De pronto lo despertaron unos fuertes balazos; sobresaltado, pensó que provenían del exterior y estuvo a punto de salir a ver qué sucedía. Instantes después descubrió, entre risas, que el ruido era parte de la película que seguía transmitiéndose en la televisión.
Otra historia que contaba con frecuencia ocurrió una noche cuando regresaba en tractor desde el monte hacia el rancho. El cansancio era tanto que se quedó dormido mientras conducía. Despertó justo a tiempo, al darse cuenta de que estaba a punto de caer a un canal. Siempre decía que fue Dios quien lo despertó en ese preciso instante, permitiéndole regresar sano y salvo a casa. Aquella experiencia reforzó aún más su fe y su gratitud por la vida.
Más que un habitante de El Tecomate, Don Guadalupe fue un hombre que dejó huella en su comunidad. Su sencillez, nobleza, espíritu trabajador y disposición para ayudar hicieron que se ganara el respeto y el cariño de todos los que tuvieron el privilegio de conocerlo.
Fue un extraordinario padre, un hermano incondicional, un abuelo amoroso, un amigo sincero y un vecino siempre dispuesto a tender la mano. Su legado permanece vivo en su familia y en la memoria de los lugareños, quienes lo recuerdan con profundo afecto y gratitud por la vida ejemplar que llevó.
El 31 de julio de 2018 partió de este mundo, dejando un vacío imposible de llenar, pero también una herencia invaluable de trabajo, humildad, amor por la familia, respeto por la tierra y orgullo por sus raíces.
Porque las personas verdaderamente grandes no solo dejan recuerdos; dejan un ejemplo que trasciende generaciones. El nombre de Don Guadalupe Sauceda Soto seguirá viviendo en cada surco sembrado, en cada amanecer del campo, en cada historia contada alrededor del fuego y en el corazón de su familia y de la comunidad de El Tecomate. Descanse en paz.