25/09/2025
"DONDE EL TIEMPO SE DETIENE: EL CEMENTERIO DE PROGRESO".
POR EL CRONISTA DE PROGRESO.
Por: El cronista de Progreso
"DONDE EL TIEMPO SE DETIENE: EL CEMENTERIO DE PROGRESO".
POR EL CRONISTA DE PROGRESO.
En la orilla de los vientos salinos y las memorias que no duermen, EL CEMENTERIO DE PROGRESO nos recuerda su existencia con la pronta llegada de octubre.
Este camposanto ha visto desfilar un siglo de historias, lágrimas, nombres y epitafios que se resisten al olvido, según el cronista Romeo Frías Bobadilla, señala como su fecha de inauguración el año de 1927, aunque otras publicaciones indican como año de partida 1925.
Alrededor de seis mil tumbas, apiñadas como oraciones susurradas tras la pandemia, descansan ahora bajo el sol costero, extendidas en un terreno que no siempre fue suyo.
Porque antes, cuando PROGRESO aún era joven y sus calles eran de arena y promesa, los mu***os eran enterrados cerca de lo que hoy es la Capilla de Guadalupe.
Aquel primer cementerio, más modesto y callado con su entrada gótica, guardó los restos de los primeros habitantes de esta tierra. Pero con el tiempo, el espacio cedió, y se pidió a los pobladores que trasladaran a sus mu***os al nuevo camposanto.
No todos respondieron. Algunas osamentas todavía duermen bajo las piedras de la vieja capilla, ahora también cerrada temporalmente, envueltos en el misterio del silencio eterno.
El nuevo cementerio —que en realidad ya es viejo— se levantó sobrio, con un portal de estilo menos gótico y más clásico, bella entrada que parecía más un umbral entre mundos que una simple entrada, con dos vías de tranvías a su entrada.
Mi amigo Pedro Ávila, cronista oral ya fallecido, me contaba de las mulitas que llevaban los tranvías con listones negros, de luto, preparados para esas tristes ocasiones.
Sus pasillos ya casi centenarios, han visto pasar generaciones de viudas con pañuelos en los ojos, niños que preguntan sin comprender, y ancianos que caminan con paso lento, como si cada tumba les hablara en voz baja.
En su interior, el orden fue un lujo que los años no respetaron.
Los andadores, en otro tiempo amplios y serenos, comenzaron a llenarse también de sepulcros.
Se enterró donde se pudo, cuando se pudo. Por eso, hay lápidas que se superponen, nichos que miran de lado y fechas que conversan a destiempo: un fallecido de 1932 al lado de uno de 2020, como si el tiempo no fuera más que una línea quebrada entre las flores secas y los nombres grabados en granito.
Entre estas tumbas descansa también FRANCISCO MORALES GÓLLEZ, mártir de Progreso, asesinado ap***s un año antes de la fundación de este cementerio. Su nombre, esculpido con reverencia, recuerda que la historia de los pueblos también se escribe con sangre y dignidad.
Hoy, a un siglo de su fundación, el cementerio se mantiene en pie con la dignidad de lo antiguo.
El 60% de sus sepulcros están en buen estado, firmes ante el paso del tiempo. El otro 40% —musgosos, quebrados, o simplemente olvidados— esperan una mano que los restaure, una flor que los redima, una mirada que les devuelva un instante de memoria.
El Cementerio de Progreso no es solo un lugar para los mu***os.
Es también un espejo donde los vivos se reflejan, un archivo de ausencias que sigue contando la historia de un puerto, sus p***s, sus luchas, y su forma de amar más allá del último suspiro.
Y así, entre piedras que crujen al sol y flores que se marchitan con dignidad, el CEMENTERIO DE PROGRESO cumplirá un siglo pronto como quien ha vivido en silencio todos los secretos de una ciudad.
Es un corazón de piedra que late bajo la arena, un viejo guardián que susurra nombres al viento costero, mientras la sal del mar acaricia sus muros con la misma constancia con que el tiempo borra, pero no olvida.
Porque en este rincón donde los vivos van a recordar y los mu***os a descansar, el tiempo no pasa: se posa, como las aves en las casuarinas, como la brisa sobre las cruces oxidadas.
Y aunque algunas lápidas se inclinen vencidas, y los nombres se desvanezcan como tinta vieja, el camposanto seguirá de pie, firme y callado, recordándonos que la muerte no es el fin, sino el eco más largo de la vida. EL CRONISTA DE PROGRESO.