31/07/2026
Después de la Independencia de México, la península de Yucatán atravesó constantes conflictos políticos. Las disputas entre centralistas y federalistas, la separación temporal de Yucatán y la guerra contra Estados Unidos obligaron al gobierno yucateco a reclutar cientos de hombres mayas para integrar sus ejércitos.
Muchos aceptaron porque se les prometió la eliminación de los impuestos, mejores condiciones de vida e incluso la devolución de algunas tierras.
Sin embargo, una vez terminados los conflictos, aquellas promesas nunca se cumplieron.
Lo que sí quedó fue algo muy importante: muchos indígenas habían aprendido el manejo de las armas y conocían las estrategias militares del propio ejército yucateco.
En ese contexto comenzaron a reunirse varios dirigentes mayas.
Entre ellos destacaban tres nombres que hoy forman parte de la memoria histórica de la península:
Manuel Antonio Ay, cacique de Chichimilá;
Cecilio Chi, cacique de Tepich;
y Jacinto Pat, cacique también de Chichimilá.
Ellos comprendían perfectamente que el problema ya no era únicamente el pago de tributos. Lo que estaba en juego era el control del territorio y el futuro de las comunidades mayas.
Las reuniones para organizar el levantamiento se realizaron en la hacienda Xcúm, ubicada entre Valladolid y Tihosuco. Allí comenzaron a diseñar la estrategia para iniciar una insurrección de grandes dimensiones.
Sin embargo, los planes fueron descubiertos.
El 26 de julio de 1847, Manuel Antonio Ay fue detenido y fusilado en Valladolid después de encontrarse una carta que hablaba de la preparación de una rebelión.
Su ejecución tuvo el efecto contrario al que esperaba el gobierno.
En lugar de detener el movimiento, aceleró el levantamiento.
Cuatro días después, el 30 de julio de 1847, Cecilio Chi encabezó el ataque contra Tepich.
Con ese acontecimiento comenzó oficialmente la Guerra de Castas.
A partir de ese momento, el conflicto se extendió rápidamente por todo el oriente de la península.
Tihosuco, Sacalaca, Sabán, Chunhuhub, Bacalar y muchas otras comunidades quedaron inmersas en una guerra que se prolongaría durante más de cincuenta años.
En pocos meses, el ejército maya logró recuperar buena parte del territorio.
Las tropas avanzaban con rapidez porque conocían perfectamente los caminos, los cenotes, las aguadas y la selva.
Además, contaban con el apoyo de numerosas comunidades que compartían el mismo descontento.
Para los habitantes de Cochuah no se trataba únicamente de una guerra.
Era la defensa de su territorio, de sus familias y de una forma distinta de entender la vida.
Por eso muchos historiadores consideran que la Guerra de Castas fue, al mismo tiempo, una lucha política, social, económica y cultural.
No buscaba solamente expulsar a las autoridades yucatecas.
También pretendía recuperar la autonomía que los pueblos mayas habían perdido desde la conquista.
Con el paso de los años, el conflicto cambió de características.
Los primeros dirigentes murieron y surgieron nuevos líderes.
El centro del movimiento se trasladó hacia el oriente, donde nació Chan Santa Cruz.
Allí apareció una organización político-religiosa muy particular, conocida como los cruzo'ob, cuyo símbolo principal fue la Cruz Parlante.
Para ellos, la guerra no era únicamente una confrontación militar.
Era también una misión espiritual para proteger el territorio maya.
Durante décadas resistieron el avance del ejército mexicano.
Solo hasta principios del siglo XX, cuando el gobierno federal decidió ocupar militarmente la región y los acuerdos internacionales con Belice interrumpieron el suministro de armas a los mayas rebeldes, el movimiento comenzó a debilitarse.
Pero, aunque la guerra terminó, sus consecuencias serían profundas.
Y quizá una de las más dramáticas ocurrió precisamente aquí.
Tihosuco quedó prácticamente abandonado.
Las familias huyeron hacia la selva para proteger su vida o se incorporaron a otros asentamientos del territorio rebelde.
Las calles quedaron vacías.