18/09/2026
EL JOVEN MÁRTIR DE COLIMA.
Tomás de la Mora.
Tomas de la Mora, de 18 años de edad, sufrió el martirio en Colima, (México), en 1927, durante la persecución del gobierno, hacia la Iglesia.
Fue virtuoso alumno externo del Seminario Diocesano de Colima; Prefecto de la Congregación Mariana de Nuestra Señora de Guadalupe y de San Luis Gonzaga; distinguido miembro del Apostolado de la Oración; valiente afiliado a la A.C.J.M. (Asociación Católica de la Juventud Mexicana); incorporado a la L.N.D.L.R. (Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa).
Por todas estas actividades su vida se hallaba en continuo peligro, pero siempre estaba decidido a darla por defender los derechos de Cristo, por lograr la libertad de la Iglesia y por conservar la pureza de su fe.
Llegó el 15 de agosto, día de la Asunción de María, en que Tomás asistió por última vez a la santa Misa clandestina en una casa de la población y recibió la comunión. Dos semanas más tarde, el sábado 27 de agosto de 1927, habiendo descubierto los perseguidores que él tenía alguna relación con los cristeros del volcán de Colima, fue hecho prisionero en su propia casa, mientras jugaba con sus hermanos menores. Sorprendido en su propia casa por los soldados callistas, Tomás dijo a su madre: “Mamá, me van a matar. Dame tu bendición, y si no volvemos a vernos en esta vida, nos veremos en el Cielo“.
Una vez en presencia del general Flores, se portó tan intrépido como los mártires de los primeros siglos, durante el interrogatorio del arrogante militar:
– Tienes tú correspondencia con los católicos que están en las armas. Aquí tienes la carta: la letra y la firma son tuyas.
– Es mía —dice Tomás sin vacilar ni un momento, al reconocer su letra.
– Eres un mocoso, le dijo el militar, tú no eres capaz de nada; tienes que decirnos quién es el que te aconseja.
– No diga usted que soy un chiquillo, porque sé muy bien lo que hago: nadie me aconseja.
Tan enérgica y cristiana respuesta le aumentó el odio sectario al dicho General callista. Ordenó entonces que se le diera “una calentadita”. Los esbirros federales se llevaron a Tomás a un cuarto donde le dieron de bofetones y golpes. Después, bárbaramente maltratado, Tomás, con la cara amoratada, regresó a la presencia del impío General que se gozaba al atropellar y hacer sufrir a su joven víctima. Y al verlo en aquel estado de humillación, pensando que el tormento había doblegado su firmeza, le dijo de nuevo:
-Mira, dime todo lo que sabes sobre esos cristeros y te dejaré libre.
-Es inútil, General. No diré nada, y si me da usted la libertad, mañana me voy al volcán a unirme a los cristeros en la lucha por Cristo Rey. Me comunicaré con ellos y les diré lo que me pasa. Acepto la muerte.
-Eres un mocoso, tú no sabes lo que es la muerte —dijo ya irritado el general—. ¡Responde lo que te pregunto!
Tomás recobró su carácter festivo y le dijo sonriendo:
-Pues, en eso, general, estamos iguales. Porque usted tampoco sabe lo que es la muerte, porque nunca se ha mu**to. Pero yo con gusto moriré, porque muero por Cristo Rey.
-No pierdas tiempo, muchacho, le dijo el militar.
-No lo pierda usted, General —contestó el admirable joven cristero—. Ya le dije que no diré nada. Estoy dispuesto a sufrir la muerte, antes que ser traidor a la causa de los que luchan por Cristo.
Y fueron vanas todas las tentativas, amenazas, halagos y promesas para intentar quebrantar su voluntad. tirano. Tomás no aceptó ninguna oferta ni flaqueó su ánimo ante la presión de denunciar a sus compañeros; ni siquiera ante la amenaza de la muerte. Entonces el General, iracundo, dio la orden de ahorcarlo esa misma noche.
-Está bien, General —contestó Tomás de la Mora—, solamente concédame una hora para prepararme a morir y que yo escoja el lugar de mi ejecución.
Era ya cerca de la medianoche cuando lo sacaron del cuartel. Los soldados que lo conducían iban malhumorados, convertidos, por capricho del general Flores, de soldados en verdugos de aquel joven y admirable héroe de Cristo Rey. Llevaban la orden de ahorcarlo donde él quisiera.
A las afueras de Colima se detuvieron, y en una calzada arbolada, Tomás escogió un robusto sauce, de los que hay allí. Se trataba de un árbol histórico y considerado por los liberales como una especie de reliquia. Bajo él, en una piedra que se conserva, se sentó a descansar, en cierta ocasión, Benito Juárez, la encarnación misma del liberalismo mexicano y uno de los más encarnizados enemigos de la Iglesia.
Para echarle la soga al cuello [tocándolo], le dijo: "No me toque, porque me mancha". "¿Por qué?"-le respondió el soldado. "Porque ustedes son soldados del demonio y nosotros de CRISTO REY". "Deme la soga" y él mismo se la echa al cuello y añade: "Ustedes se han propuesto pelear con Dios y a Dios no le vencen; porque Dios es triunfador”. Antes, el soldado le dijo que el mismo se pusiera la soga y Tomasito -sonriendo como San Lorenzo en la parrilla- le respondió que él no sabía cómo se ponía la soga porque era la primera vez que lo ahorcaban.
¿Tienes que pedir alguna gracia o arreglar algún asunto? -le dice el jefe de la escolta
-Ningún negocio me queda por arreglar en esta vida. Todo lo tengo listo para la marcha.
Ante Dios tengo muchos asuntos que arreglar: primero, pedirle que les quite la venda que ciega a ustedes; segundo, pedir por mis afligidos padres; y tercero, pedir por la Iglesia y por mi Patria.
El jefe, burlándose del mártir, le dice:
-Para ti, pides, o no tienes que pedir.
-Nada para mí. Cristo tiene méritos adelantados para salvar millones, y sé que El me salva. Porque soy de los suyos y muero por El.
Terminadas estas sublimes palabras, exclama: Viva CRISTO REY! ¡Viva la Santísima Virgen de Guadalupe!
El jefe ordena a los soldados que tiren de la cuerda y el mártir glorioso vuela al cielo triunfante, llevando la blanca estola de la inocencia y ostentando sobre su frente pura la corona del martirio. Era como la una de la mañana.