13/10/2024
El lunes me desperté con la emoción de saber que finalmente asistiría a la Pamplonada de Pachacámac, un evento que había escuchado mencionar con tanto entusiasmo entre los locales. El aire ya olía a fiesta, y al llegar al lugar, la plaza principal estaba llena de vida. Las banderas, las risas y la música llenaban cada rincón. El ambiente era una mezcla de adrenalina y celebración, como si el pueblo entero vibrara al ritmo de sus tradiciones.
Eran cerca de las diez de la mañana cuando comenzaron a cerrar las calles por donde pasaría la pamplonada. La gente empezó a agruparse en las esquinas, algunos esperando ansiosos para ser parte de la carrera, otros, como yo, buscando el mejor lugar para observar sin estar demasiado cerca del peligro. Las murmuraciones sobre la bravura de los toros y las bromas entre amigos creaban una atmósfera de expectativa.
De repente, se escuchó el primer sonido de los cohetes. Era la señal: los toros iban a salir. Los corredores, algunos valientes y otros más nerviosos, comenzaron a moverse con agitación. Los toros, imponentes y llenos de energía, irrumpieron en la calle. La multitud gritaba, alentando a los participantes mientras los animales corrían detrás de ellos.
Lo que más me sorprendió fue la mezcla de miedo y emoción en las caras de los que corrían. Algunos lograban esquivar a los toros con agilidad, mientras que otros no tenían tanta suerte y caían al suelo, siendo ayudados de inmediato por los observadores. A pesar del riesgo, había un espíritu de camaradería. Nadie se quedaba atrás. Si alguien caía, rápidamente otro se acercaba para ayudarlo a levantarse.
Después de un par de minutos que parecieron una eternidad, los toros fueron guiados hacia los corrales, y la ovación fue ensordecedora. La tensión se disipó, y la alegría volvió a llenar el aire. Algunos corredores, empapados en sudor, se abrazaban y reían, orgullosos de haber enfrentado el reto.
La fiesta continuó con una gran feria en la plaza. La comida típica, como las pachamancas y los anticuchos, se ofrecía en cada esquina. Las familias se reunían, los niños corrían de un lado a otro, y los músicos locales comenzaban a tocar. Todo Pachacámac estaba de celebración, y yo me sentí parte de esa energía, de ese momento único que une tradición, valor y comunidad.
Fue un día inolvidable, lleno de emociones y marcado por el espíritu festivo de un pueblo que celebra su historia con orgullo y, sobre todo, con pasión.
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