20/04/2026
Ayer, domingo de otoño, fuimos de visita a la surgente de aguas termales, los géiseres del Apu Hualcahualca con una familia peruana.
Tuvimos dificultad para ingresar por la trocha carrozable.El camino estaba en mal estado, con piedra suelta y zanjas de la última lluvia. El carro no dio más. Así que hicimos lo que sabe hacer el hombre andino: bajarnos y *seguir caminando a pie*.
Luego de tres horas de intensa caminata, con el aire cada vez más escaso y el sol pegando fuerte, arribamos al pie del Hualcahualca. Y ahí estaba el pago a todo el esfuerzo: el punto exacto donde se encuentran las surgentes de agua termal, las ollas del Apu.
Al arribar a la Apacheta ofrendamos un k'into (3 hojas de coca) a la montaña sagrada, en gratitud y respeto. Enseguida, nos ahogamos de emoción viendo cómo *la Madre Tierra respira*. El suelo humea, burbujea, canta. El v***r caliente sube en nubes blancas y se mezcla con el cielo azul del Colca. El olor a azufre y a piedra viva te limpia por dentro.
Contemplamos con mucho agrado aquel paisaje natural que la Madre Tierra nos ofrece.Entre la nubosidad del v***r caliente que emanaba del suelo, el tiempo parecía detenido. Nos tomamos un par de fotos, con las caras rojas de frío y de felicidad, para no olvidar que estuvimos ahí.
Pronto empezó a llover. Gotas gordas, frías, benditas. Y junto con la lluvia, un cóndor andino pasó raudo, planeando bajo, con las alas bien abiertas. No aleteó. Solo se dejó caer en el viento, dueño de todo. Nos miró desde arriba y siguió su camino hacia la montaña.
Tal vez haya hecho eco.Tal vez el Apu escuchó. Y mandó a su mensajero mayor, al cóndor andino, para darnos la cálida bienvenida a este rincón de la cordillera andina.