24/07/2026
Historia basada en narración de un grupo de reporteros que les tocó vivir ese momento.
Los antiguos cuentan también que sus antiguos les contaron que esto sucede luego de las 6 de la tarde. Te puedes quedar encantado.
MISTERIOS DEL VALLE SAGRADO DE CHULUCANAS
Capítulo I: El camino que desaparecía
*"Los antiguos decían que los cerros no son de nadie. Ellos tienen dueño, y cuando sienten que alguien ha entrado sin permiso, pueden cerrar sus caminos. A eso, en los caseríos del Alto Piura, muchos lo conocen como el Encanto."*
Hace varios años, cuando los conflictos por invasiones y expropiaciones de terrenos mantenían en alerta a varios caseríos de Chulucanas, un hombre recibió la visita de tres reporteros que deseaban recorrer la zona para documentar lo que estaba ocurriendo.
Aceptó acompañarlos.
Aquella mañana emprendieron el camino hacia los cerros ubicados entre Pilan, Vicús y Ñañañique. El recorrido era largo. Subieron laderas cubiertas de arbustos, atravesaron cercos de alambre, caminaron por antiguas trochas de ganado y cruzaron pequeñas quebradas secas donde el viento era el único sonido.
Aunque conocía bien la zona, el guía nunca había recorrido exactamente esa ruta.
Por precaución, comenzó a hacer algo que nadie más notó.
Cada cierto tramo levantaba un pequeño morrito de piedras.
Tres o cuatro piedras acomodadas una sobre otra.
Una señal sencilla que le permitiría reconocer el camino de regreso cuando el sol empezara a ocultarse.
No comentó nada al grupo.
Mientras los reporteros realizaban entrevistas y tomaban fotografías, él continuó marcando discretamente la ruta.
Las horas pasaron sin contratiempos.
Pero cuando el reloj se acercó a las seis de la tarde, el guía observó el horizonte. El sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas.
Entonces recordó un consejo que había escuchado desde niño.
*"No dejen que el cerro los encuentre arriba cuando caiga la tarde."*
Siempre pensó que era solo una superstición.
Sin embargo, prefirió no arriesgarse.
—Es momento de regresar —dijo.
Los visitantes guardaron sus equipos y comenzaron el descenso.
El primer morrito apareció exactamente donde debía estar.
Después encontraron el segundo.
Todo parecía indicar que regresarían sin problemas.
Hasta que, de un momento a otro, el sendero terminó frente a un espeso cerco natural cubierto de flores silvestres y ramas llenas de largas espinas.
Era imposible continuar.
El guía se quedó inmóvil.
Podía jurar que aquel cerco no estaba allí cuando pasaron unas horas antes.
Pensó que habían tomado una desviación equivocada.
Regresó hasta el último morrito de piedras.
Seguía en el mismo lugar.
No había duda.
Ese era el camino.
Volvieron a intentarlo.
Caminaron lentamente.
Reconocían cada roca, cada árbol y cada curva del sendero.
Pero, al llegar al mismo punto...
El cerco volvió a aparecer.
Esta vez nadie habló.
Uno de los reporteros miró el cielo.
La luz comenzaba a desaparecer.
El silencio del cerro era cada vez más profundo.
El guía sintió un escalofrío.
No era el frío de la tarde.
Era la sensación de que algo no estaba bien.
Intentaron una tercera vez.
Regresaron al morrito.
Siguieron exactamente la misma ruta.
Y, como si el cerro se burlara de ellos...
El camino volvió a terminar frente al mismo cerco.
Ya nadie buscaba una explicación.
Los visitantes empezaban a mostrar el miedo que hasta ese momento habían tratado de ocultar.
Fue entonces cuando el guía recordó otra historia que había escuchado de boca de los ancianos del campo.
Ellos aseguraban que algunos cerros estaban encantados.
Que cuando alguien ingresaba sin permiso, el cerro confundía los caminos para impedir que saliera.
Y que la única forma de romper el Encanto era demostrar respeto por la tierra.
Respiró profundamente.
No sabía si aquellas historias eran ciertas.
Pero tampoco conocía otra salida.
Buscó un pequeño claro entre las piedras.
Pidió a todos que guardaran silencio.
Juntaron unas cuantas ramas secas.
Hicieron una oración.
Luego les preguntó si llevaban algún objeto que pudieran ofrecer como símbolo de respeto.
Uno de los reporteros sacó un reloj que llevaba en la muñeca.
Una joven del grupo se quitó un anillo.
Los enterraron bajo un pequeño montón de piedras.
Durante unos segundos nadie habló.
Solo se escuchaba el viento golpeando las ramas de los algarrobos.
Entonces el guía recordó una última enseñanza.
*"El Encanto se alimenta del miedo."*
Miró a sus compañeros.
—Pase lo que pase, no demuestren temor.
Ellos asintieron.
Comenzaron a caminar nuevamente.
Mientras avanzaban, rezaban en voz alta.
Invocaban el nombre de Dios.
Y, siguiendo la antigua costumbre de algunos campesinos, también gritaban y desafiaban a aquello que, según creían, intentaba detenerlos.
Sus voces retumbaban entre los cerros.
Cada paso parecía eterno.
Hasta que, de pronto...
El sendero volvió a aparecer.
Donde antes estaba el espeso cerco de flores y espinas, ahora solo había un camino de tierra abierto frente a ellos.
No quedaba rastro de la barrera.
Ni una rama.
Ni una flor.
Ni una espina.
Era como si nunca hubiera existido.
Nadie quiso detenerse a comprobarlo.
Continuaron caminando hasta abandonar los cerros.
Cuando divisaron las primeras luces de Chulucanas, el reloj ya marcaba la noche.
Durante el camino de regreso nadie volvió a mencionar lo ocurrido.
Pero años después, el guía confesó que jamás volvió a internarse en aquellos cerros al caer la tarde.
Porque, aunque nunca pudo explicar lo que vivieron, comprendió por qué los antiguos repetían siempre la misma advertencia:
*"Hay lugares donde uno entra caminando... pero solo sale cuando el cerro lo permite."*
Desde entonces, muchos pobladores del Alto Piura siguen descendiendo de los cerros antes de que el reloj marque las seis de la tarde.
No porque teman perder el camino.
Sino porque, según la tradición, esa es la hora en que despierta el Encanto.
Fuetne: Chulucanas Noticias