25/04/2026
Conociendo las calles más importantes del Cusco...
CALLE MATARÁ - CUSCO TRADICIÓN '¡Algún día la Matará!'.
Desde mucho antes que lleguen los incas, existía en este lugar grandes cantidades de hierba, la cual era llamada por los indígenas como 'Matareq kisa', se dice que ese fuera el origen del nombre de ésta calle.
Pero existe una tradición de la Calle Matará que seguramente muchos desconocen.
Allá por el año 1746 existía en Cusco una casona de propiedad de los Jesuitas, a la cual todos conocían como ‘Pelota Kancha’, esto por que en dicha casona se solía jugar a la pelota en días festivos ya que contaba con un anchuroso patio.
Con el tiempo, llegaron a ser inquilinos de esta casona Don Constantino Arayceta, su esposa Doña Emerencia Valverde y su única hija que respondía al nombre de Isabel. Una familia que podría llamarse ‘desgraciada’, puesto que el padre era paralitico, la madre era coja de una pierna y viuda de un ojo, y la peor desgracia que pudo tener Isabel fue su infinita hermosura.
Todos en el Cusco sabían de la belleza de Isabel, muchos la llamaban cariñosamente ‘Pelota Kancha Sumaq niñacha’, una belleza que NO era indiferente para nadie. La bella Isabel era asediada por muchos caballeros, incluyendo también a miembros de la iglesia. Cada tarde se veía un fraile jesuita con el rostro velado por el manto hasta los ojos ingresando a la casona de ‘Pelota Kancha’ diciendo ser el confesor de la familia. Muchos murmuraban que se trataba de un pretendiente de la bella Isabel, y que seguramente consideraba como obstáculo de sus intenciones, a los padres de la niña.
Así transcurrió el tiempo, y llegó el día en que sacaban en un ataúd de la casona, el cuerpo inerte de Don Constantino, victima de su parálisis. Aunque algunos se atrevían a decir que esa muerte fue provocada, y que ahora el único obstáculo sería Doña Emerencia, seguramente el asesino ‘ALGÚN DIA LA MATARÁ’, un refrán que se hizo popular en la pequeña urbe del Cusco y que de una u otra manera todos pronunciaban al pasar por la puerta de esta casona.
Tras la muerte del padre de familia, llegó a ‘Pelota Kancha’ un investigador, un muchacho muy apuesto llamado Julian de Boluarte, un joven que después de ver a Isabel, quedó perdidamente enamorado de ella. La galantería de Julian tampoco fue indiferente para la bella joven y es así que el simpático muchacho se atrevió a pedir en matrimonio la mano de Isabel, prometiendo que sería el protector de ambas mujeres ante cualquier amenaza.
Una noche, mientras Isabel dormía en su habitación, sintió que alguien le tapaba la boca y le pidió que no gritara. Se trataba del fraile jesuita que constantemente acudía a la casona. Cubrió los ojos de Isabel y le pidió que lo siguiera puesto que tenía que mostrarle algo, la temerosa muchacha le hizo caso, caminaba algo confundida, no habían salido de la casona, pero parecía estar en un lugar que nunca antes había estado, el fraile le quito la venda de los ojos, la muchacha se deslumbró al ver tanto oro, a lo que el fraile le dijo: “Todo el oro que ves aquí, será tuyo si mañana huyes conmigo, olvida tu compromiso, yo olvidaré el mío y seremos felices”. Isabel dijo que NO, “ni por todo el oro del mundo renunciaría al amor, estoy enamorada de Julian de Boluarte”, palabras que llenaron de ira al fraile jesuita quien se lanzó sobre la muchacha y la asfixió hasta matarla.
A la mañana siguiente, el joven Boluarte acudió a la casona en busca de su prometida, al ver que no salía, el muchacho junto con Doña Emerencia ingresaron a su habitación para ver que pasaba, lograron distinguir en el piso manchas de sangre y tierra removida, el desalmado jesuita había enterrado el cuerpo de Isabel ahí mismo.
A pesar que las circunstancias fueron distintas, los vecinos de la pequeña urbe cusqueña, pensaron que el triste augurio de la casona se había cumplido “ALGÚN DÍA LA MATARÁ”.
A principios del año 1767, los jesuitas fueron expulsados del Cusco, y la Casona ‘Pelota Kancha’ que fuera de su propiedad, pasó a ser refugio de los mas necesitados. Uno de ellos fue Julio Calixto, un anciano desahuciado que solo esperaba el día en que pudiese pasar a mejor vida. Así también llegó a la casona una mujer llamada Juana Astorga, quien solo llevaba andrajos y 5 hijos hambrientos. Todos acostumbrados a vivir de la caridad de la gente.
Una mañana, la mujer Astorga sintió un olor pestilente (mas que de costumbre), el olor provenía del cuarto de Calixto, cuando ingreso encontró el cuerpo inerte del anciano, pero curiosamente el anciano tenia los ojos entreabiertos y el dedo índice señalando algo, la mujer preocupada por saber que cosa señalaba el difunto, advirtió que entre las chaclas del muro brillaba un objeto amarillo, comenzó a hurgar con un palo y comenzaron a salir onzas de oro. Se trataba del mismo oro que el fraile jesuita había ofrecido a Isabel años atrás.
Existe un refrán “A quien Dios se la dio, que San Pedro se la bendiga”, Juana Astorga y sus 5 hijos repentinamente salieron de la miseria por un exceso de la divina misericordia. Pasaron a ser propietarios de aquella casona ubicada en la calle que hasta el día de hoy conocemos como MATARÁ.