22/07/2017
A PETICIÓN DE ALGUNAS PERSONAS NUEVAMENTE PUBLICAMOS EL CUENTO "EL ALMA Y EL TAMBOR", CUENTO EXTRAÍDO DEL LIBRO "CUENTOS POPULARES" DE PEDRO S. MONGE CORDOVA.
EL ALMA Y EL TAMBOR
Este singular acontecimiento sucedió en Huamalí, allá por los tiempos de mis abuelos.
Un abuelo mío, llamado Justo Cairampoma, era en su juventud, según refieren las gentes, un hombre de carácter alegre y un gran bromista. Se bromeaba con todos, hasta con las almas, como vamos a ver en seguida.
Un día había ido al pueblo de Masma a tocar en una de esas fiestas que se amenizan con una banda de músicos, pues mi abuelo tocaba el redoblante o tambor. Durante la fiesta había tomado, como es natural, varias copas, hasta embriagarse un poco.
En la noche, cumplido su compromiso, se dispuso a regresar a Huamalí. Salió de Masma a eso de las nueve de la noche y tomó el camino que bajando por Ataura conduce hacia Huamalí. Iba a pie solo, rememorando las diversas incidencias del día. La noche era clara, espléndidamente iluminada por una luna llena.
A las once se hallaba a la entrada de Huamalí, próximo a un sitio donde existe una cruz de regular tamaño. Faltando una cuadra, poco más o menos para llegar a dicho paraje, observó que al pie de la Alta Cruz estaba un alma arrodillada, vuelta de espaldas, rezando muy devotamente. Entonces el bribón de mi abuelo se dijo para sus adentros:
- ¡Qué bien! ¡Ahora a esta alma lo hago asustar!
Y diciendo esto se puso a templar su tambor para que sonara en gran forma. Cuando lo tuvo suficientemente templado, comenzó a acercarse al alma lentamente agazapándose, caminando de puntitas. Llegó así a unos cinco pasos del alma, que seguía absorta en sus oraciones. Pues en ese momento empezó a tocar y redoblar desaforadamente el tambor. Lo hizo en tal forma que el alma, cogida de sorpresa, se asusto realmente y echó a correr un buen trecho del campo. Pero en seguida se detuvo y no tardó en volver en pos del blasfemo que había turbado su oración. Al verla venir Justo Cairampoma emprendió la carrera, arrojando su tambor, perseguido de cerca por el alma.
A carrera tendida, con el alma que le pisaba los talones, llegó hasta la plaza del pueblo. Lleno de terror fue a empujar la primera puerta que halló en su camino, pero con la viada y la desesperación que llevaba, el empujón fue tal que la puerta se salió de sus goznes y se vino guarda abajo, y el pobre Justo Cairampoma cayó dentro de la casa puerta y todo.
Al estruendo despertó la dueña de la casa, y creyendo que se trataba de ladrones, acudió armada de un grueso garrote, y al encontrar a un hombre caído de bruces caído sobre la puerta, la emprendió a garrotazos con él, mientras que su perrito comenzaba a aullar. Pero pronto reparó que el hombre esta botando espuma por la boca. Era por efectos del miedo, pero la señora creyó que lo había mu**to a palos. En ese momento advirtió que en la calle estaba el alma hablando entre narices diciendo estas palabras:
- ¡Agradece, hombre atrevido y temerario, a que estás dentro de una casa y al amparo de ese perrito, que si no, ya verías como castigo tus bellaquerías!
Comprendiendo la gravedad del asunto, la señora se fue adentro a rezar, dejando a su suerte al derrengado bromista. Cuando de allí a un rato regresó, ya no estaba el alma y el hombre volvía en sí. Reconoció entonces a su vecino Justo Cairampoma y supo de sus labios como habían ocurrido los hechos que lo trajeron a su casa.
Como consecuencia de este suceso mi abuelo juró enmendarse.