06/10/2026
Yo crecí en una quinta de barrio barranquino , con una cocina humeante de kerosene , un lamparín para los apagones, un televisor de 14" en blanco y negro , un tornamesa Nivico y una colección de vinilos, una radio de cuatro bandas , coches bomba , terrorismo , huelgas, colas interminables , escasez de alimentos y juegos en la calle .
Recuerdo el camino hacia la tienda del profesor Campos o "forza",como todo el barrio lo conocía. (esquina de García y García y Pedro Herouard .) Mi mamá me mandaba a comprar el kerosene ahí. Forza era un hombre alto, desalineado, siempre andaba en bividi y el cigarro prendido en su boca. Era increíble poder verlo tan cerca del cilindro de combustible a nuestro profesor de Educación Cívica y, que, el día de hoy pueda leer estas líneas. Forza te recibía la galonera con maestría, colocaba el embudo con destreza y, cucharón en mano , lentamente te servía.
A veces me mandaban a comprar 1 litro y sólo compraba 3/4 , el resto era para mi galleta . Mamá se hacía la que no se daba cuenta .
Lo más trágico de la historia , era encontrar la tienda de forza cerrada , tenía que caminar al grifo de la avenida Jorge Chávez y hacer mi cola para que me atiendan .
El lugar se ubicaba en la berma central de la avenida, justo frente al colegio que llevaba el mismo nombre. Allí me atendía un hombre robusto y poco amable con la gente . Mi regreso a casa me llevaba primero hacia la Plaza Butters, atraído por el rodar de alguna pelota y los eufóricos gritos de los niños divirtiéndose tras de ella. No era difícil hacer nuevos amigos cuando eras niño, tan solo bastaba el decirles: ¿Puedo jugar?, y eso era suficiente para después del gol darnos un abrazo e intercambiar nuestros nombres y hasta nuestros apelativos.
En aquella época uno podía ver al Padre Pedro siempre activo en la Iglesia de los Padres Oblatos o haciendo las compras en el Mercado de Arica. A Priamo andando por las calles de Tiravanti, Vigil y hasta García y García. Era tu barrio, tu tienda, tu ambulante, tu casa grande con olores muy familiares.
Ya en casa, tenía que inventarme el cuento de la cola que llegaba hasta el Mercado de Surco o alguna historia ya sabida.
Historias que hoy añoro con nostalgia y me enternecen el alma.
Juan Manuel Samamé Velazco